Paolo Sorrentino siempre ha sido un tipo introspectivo con su cine, pero esta característica suele quedar opacada por una estilización que, en ocasiones, no termina por favorecer sus ideas. Basta con recordar su anterior esfuerzo: Parthenope (2024), una irregular oda a su ciudad natal de Nápoles cuya dispersa ejecución la deja como un ejercicio notablemente