No hace mucho, Carlos Santos tomó por sorpresa al entorno cinéfilo mexicano con Señora Influencer (2023); lo que parecía otra insufrible comedia comercial mexicana terminó siendo un thriller retorcido sobre la fama efímera. Quizá no sea la mejor película, pero las sorpresas que alberga son suficientes para ofrecer una experiencia entretenida e incómoda por igual. El director vuelve ahora con Loco México Mágico (2026), otra sátira que, en esta ocasión, al menos en apariencia, tiene como blanco el mundo del cine. La primera mitad de la película, en efecto, nos muestra las desventuras de un grupo de jóvenes tratando de satisfacer al excéntrico presidente municipal veracruzano con su inaudito plan cinematográfico. La comedia, aunque simplona, tiene un par de momentos graciosos, pero todo se va al demonio con un intento de replicar la fórmula de Señora Influencer: un cambio de tono, giros sin sentido y un discurso nacionalista poco convincente llevan este nuevo esfuerzo al desastre.
Santos encuentra en el cine de Luis Estrada cierta inspiración para construir el mundo y la vibra del pueblo de Alvarado. Benito (Silverio Palacios), el alcalde, parece un personaje sacado directamente del universo cinematográfico del irreverente realizador. En la primera mitad, Palacios se roba toda la atención con la desfachatada interpretación de un hombre egocéntrico y manipulador que desea hacer, a como dé lugar, una película en su localidad para convertirla en un destino turístico —quienes hayan visto La Maldición de Widows Bay (2026-) se encontrarán con una premisa muy similar—. El concepto lucía divertido en papel, pero la ejecución deja de funcionar cuando Santos introduce diversas situaciones dramáticas que chocan con la propuesta inicial. Hay conflictos entre la protagonista de la película, Melinda —una famosa cantante a quien convencen de participar— (Sofía Carrera), y su agente (Florencia Martínez), y otro más entre Benito y su hijo (Alberto Gorgonio), que pretenden matizar la trama con algo de drama, pero que lo único que hacen es atentar contra el tono; honestamente, que la agente se sienta mal por haber engañado a su amiga y que el alcalde sienta arrecentimiento por haber sido un mal padre sobran en la historia. Ah, y también hay una decepción amorosa que no lleva a nada.

El comediante Daniel Sosa surge como la contraparte de Benito: un ecuánime y responsable videógrafo de XV años y aspirante a cineasta encargado de filmar el proyecto. Desgraciadamente, la falta de carisma y hasta cierta apatía del actor impiden que tenga conexión con el espectador. Lo acompaña Fernando Cuautle, como su amigo y socio, a quien, por alguna razón, Santos le pide que hable con un acento e inflexión que resultan ofensivos, lo que le da connotación negativa al personaje. Max del Río y su equipo lo hicieron mejor en La Película (2023), una producción de ínfimo presupuesto que sigue a un grupo de jóvenes en Campeche que filma la primera película del estado. Aunque no es perfecta, su comedia inexpresiva, sus referencias y sus absurdos son más divertidos que todo lo que Santos propone.

Lo peor llega en el tercer acto, cuando el guion finalmente pierde el rumbo con una muerte sacada de la manga y un extraño discurso nacionalista y rancio —cuya alusión a Estados Unidos se siente más alimentada por el resentimiento que por una crítica sociopolítica genuina— coronado por una serie de tediosas y ridículas secuencias que pretenden, sin éxito, darles una resolución a todos los personajes. El pequeño encanto construido al principio, generado a partir de los habitantes que ayudaron en la filmación, queda sepultado cuando, de la nada, nos damos cuenta de que el producto final parece un producto de Hollywood. Aunado a ello, Santos recurre a varios clichés problemáticos, desde estereotipos lamentables hasta la mujer blanca y privilegiada que deja atrás sus prejuicios para hacerse amiga de gente morena y humilde. Al final, Loco México Mágico falla al desvirtuar su concepto y optar por lugares comunes que, además, mandan señales contradictorias.









