Por supuesto que resulta gratificante ver una película animada mexicana original en salas, pues rara vez ocurre. Soy Frankelda (2025) rompió esquemas nacionales con un asombroso trabajo de animación, una bella historia y una mexicanidad lejos de estar estereotipada. La vara quedó muy alta y es por eso que Bem: Un Lémur en Fuga (2024) simplemente queda rezagada en muchos sentidos. Si lo de los hermanos Ambriz es propositivo y estimulante, lo de Leopoldo Aguilar se siente anticuado y sumamente básico. El eterno argumento de que “es para niños” se asoma y es perfectamente entendible. No hay duda de que los más pequeños disfrutarán de acompañar al tierno lemur y su nueva amiga Irene durante 80 y tantos minutos; sin embargo, desde un punto de vista más crítico, cuesta trabajo pasar por alto la condescendencia y la representación tan tópica de la cultura mexicana con la que esta obra se mueve.
La historia que Aguilar y la guionista Dariela Pérez presentan intenta hacer una curiosa mezcla entre algo como Madagascar (2005), el clásico literario Rebelión en la Granja y Corina (2024) para construir la relación entre una niña que teme salir de casa y un lémur traído desde África que escapa de una malvada traficante y termina en casa de la primera. Uno de los primeros aspectos de la película que llama la atención es el sobreesfuerzo por hacer que parezca que esto, efectivamente, transcurre en México, específicamente en CDMX. Lupillo, el tío de Irene, por ejemplo, es el cúmulo de clichés que definen al chilango promedio; el acento tan marcado, su insistencia en hacer saber que ama la cumbia y sus modismos no tardan en volverse molestos y hasta ofensivos. Lo mismo pasa con los hijos de Doña Chayito, la antagonista: los tipos son dos bravucones cuya contribución a la comedia se basa solamente en su estupidez y en su caracterización “tepiteña”.

Hay, además, varias inconsistencias que dejan muchas dudas acerca de lo que Aguilar y Pérez pretendían. La película comienza mostrándonos a Lem en su hábitat natural hablando con los demás animales. Una vez que llega México, nunca más vuelve a decir una palabra, pero algunas de las criaturas con las que se encuentra sí pueden hablar —unos changos que, más adelante, se convierten en una suerte de revolucionarios de izquierda con los que se pretende hacer un comentario antisistema muy superficial—, aunque otros no, como el temible perro de los hermanos y un caimán mascota. Pero ahí no terminada todo, pues Irene tampoco se siente completa; su agorafobia no tiene un trasfondo sustancial. Si bien sabemos que una tragedia le quitó a sus padres y a su hermano, nunca queda claro el porqué de su frágil salud y de su miedo a salir. La referencia a su pasado queda a la deriva.

Bem: Un Lémur en Fuga no sucumbe por completo, ya que su mensaje animalista busca implantarse en las nuevas generaciones, señalando al mismo tiempo aquel submundo oscuro en el que miles de animales sufren un horrible destino siendo traficados y vendidos en espacios tan normales como los mercados. Doña Chayito, de hecho, emerge como una alusión al entorno criminal del que los niños no tardarán en percatarse mientras crecen. Desafortunadamente, la trama opta por cursilerías, un desarrollo absolutamente predecible y una representación un tanto trilada de la vida cotidiana en CDMX. Se entienden las nobles intenciones de sus creadores, pero el proyecto falla al tratar de crear personajes entrañables y una ambientación con la que verdaderamente nos podemos identificar como mexicanos, tanto grandes como pequeños.










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