Resulta curioso, y hasta casi irónico, que el tipo que no puede ver La Odisea (The Odyssey, 2026) porque Odiseo habla en inglés tenga una línea en su nueva película que dice: “Si la realidad no funciona, dales ficción” —y en la que, igualmente, muchos actores fingen su acento—. Gael García Bernal, posiblemente el actor más querido de la última época en México, parece abrir la siguiente etapa en su carrera —tanto frente como detrás de la cámara— con una comedia negra en la que la ficción y la realidad luchan a muerte para imponerse la una a la otra. De corte personal, el ejercicio lo lleva a reflexionar acerca de una variedad de temas sociales y políticos, pero principalmente de las vidas equivocadas que vivimos y de lo que queremos que los demás crean que somos. La ejecución y una gran cantidad de personajes y subtramas amenazan ocasionalmente el dispositivo; sin embargo, en cierto sentido, la meditación de García Bernal logra alcanzar, por momentos, una trascendencia más que pertinente para él y para el espectador.
En su tercer largometraje como director, el mexicano manifiesta sus inquietudes actuales por medio de una sátira caótica en la que, como dice uno de los personajes, “la verdad no importa”; todo se trata de las mentiras. En ella, un salvavidas cubano llamado Camilo (García Bernal) rescata a Abel (Jorge Salinas), un millonario yucateco, quien, a modo de agradecimiento, lo lleva a su país, donde lo junta con su hija Juana (Esmeralda Pimentel) y lo pone al frente de uno de sus negocios. Pero el aparente idilio pronto se revela como algo más. La ficción se fisura y la verdad comienza a salir. Junto al coguionista Mariano Pensotti, García Bernal lanza a su protagonista a una aventura de redescubrimiento definida por absurdos, ilusiones rotas y una metanarrativa que se desenvuelve ingeniosamente a partir del concepto de la película. Camilo emerge como el sentido común en medio del desorden, pero también como la duda en tiempos en que todo parece claro.

García Bernal y Pensotti colocan a Camilo en un mundo disparatado y casi surreal, pero que solo un mexicano entendería como plausible. Su esposa, la madre de su hija, está haciendo una película de sí misma, mientras que su suegro decide entrar en la política después de una epifanía. Al mismo tiempo, una despampanante actriz brasileña (Débora Nascimento) —que interpretará a Juana en la película— y la melancólica pareja de su suegro (Natalia Oreiro) llegan a su casa, lo que, poco a poco, alimenta la incertidumbre sobre su papel en el orden de las cosas. Pero eso no es todo, ya que en el trabajo debe lidiar con una amenaza de huelga y, en casa, con un fisgón que podría no ser quien dice ser. Suena a bastante y vaya que lo es, pero las piezas del rompecabezas, por más que algunas encajen a la fuerza, pronto arman un panorama de una vida construida a base de mentiras y ficciones diseñadas para satisfacer al poder. “Eso es un policiaco, no un melodrama”. No queda más remedio que volver a tomar el control, aunque esto signifique deshacer el artificio que mantenía todo en su lugar.

Hombre al Agua, ciertamente, corre el riesgo de ahogarse cuando la sensación de deriva se acrecienta; el hecho de que García Bernal quiera abarcar tantas temáticas sociales pone el barco en riesgo de naufragio. Sin embargo, el montaje críptico —que incorpora una película dentro de la película— y una atmósfera casi fellinesca permiten que la obra salga a flote y mantenga un ritmo interesante buena parte del tiempo. Consciente de sí misma, pero sin caer en la autoindulgencia, Hombre al Agua deja al descubierto las preocupaciones actuales del director, que van desde la paternidad, los principios que nos definen y la forma en que el sistema nos pide que seamos alguien más para poder aceptarnos. “Primero es una tragedia y luego una farsa”. Aun con sus fallas, el ejercicio se siente honesto y bastante más estimulante que, por ejemplo, El Yerno (2026), terrible original de Netflix con una premisa muy similar.









