“No te echarás con varón como con mujer; es abominación”, dice el libro del Levítico en el Antiguo Testamento. A partir de este versículo, el cineasta australiano Adrian Chiarella concibe su ópera prima Leviticus: Ritual de Sangre (Leviticus, 2026), una película que manifiesta el terror de vivir con miedo para alguien que se identifica como queer. En ella, Chiarella convierte el horror de las inmorales “terapias de conversión” en una pesadilla sobrenatural, a la que han de sobrevivir dos jóvenes amantes. La cinta, por supuesto, confronta la hipocresía cristiana con un relato que señala el odio que emana de creencias arcaicas y prejuicios incrustados en una comunidad cuyo conservadurismo le lleva a incurrir en terribles prácticas. Si bien su cortísima duración le impide explorar a fondo los deseos y las frustraciones de sus personajes, el filme encuentra en su inquietante alegoría una ingeniosa manera de representar cómo, en el nombre de la religión, se retuerce la atracción para convertirla en aversión a través del trauma.
Chiarella nos sitúa en la Australia profunda, cuyos paisajes son dominados por enormes fábricas, barrios idénticos que parecen extenderse hacia el infinito y cualquier cantidad de sitios abandonados. Es en esta desolación y frustración urbana que el director y guionista coloca a Naim (Joe Bird) y a Ryan (Stacy Clausen), dos jóvenes comunes y corrientes ensimismados el uno con el otro. Su incipiente amor se enfrenta a un gran obstáculo: las creencias religiosas profundamente arraigadas de la localidad. Cuando el grupo de ayuda al que asisten Naim y su mamá (Mia Wasikowska) —una mujer entregada completamente a su fe— para lidiar con la reciente muerte del padre se entera de esta “abominación”, los dos chicos son sometidos a un ritual de “liberación” que pronto prueba ser un brutal y casi mortal castigo. Chiarella, astutamente, prescinde de la presencia de criaturas u otro elemento monstruoso para generar terror; su propuesta apela directamente al tormento que busca la terapia para “curar” la homosexualidad —Corazón Borrado (Boy Erased, 2018) viene inmediatamente a la cabeza—: forzar a que una persona simplemente aborrezca la intimidad con su mismo sexo.

Leviticus dialoga bastante con varios títulos de terror de la última era. La referencia más obvia, por supuesto, es a Te Sigue (It Follows, 2014). Además del entorno suburbano decadente y opresivo que amenaza a los protagonistas —los hermanos Philippou también apelan a esta ansiedad en Háblame (Talk to Me, 2022)—, el concepto de la película recuerda mucho al de aquella. Naim y Ryan se ven perseguidos por un ser que adquiere la forma de quien más les gusta. Tanto Te Sigue como Leviticus aluden a las inquietudes juveniles y moldean a un ente sobrenatural que se infiltra en lo más profundo de su ser, ya sea por medio de una enfermedad de transmisión sexual o de su crush. De igual manera, este coming-of-age remite a la oscuridad que impregna a Hasta los Huesos (Bones and All, 2022). La atmósfera y el romance que propone Luca Guadagnino en esa adaptación se asemejan a lo que Chiarella despliega aquí. En ambas nos topamos con personajes que viven una sexualidad nada convencional, por lo que se encuentran al borde de la marginación. Asimismo, el terror psicológico las une.
El problema de Leviticus es su corta duración. 80 y pico minutos resultan muy poco tiempo para adentrarnos realmente en las complejidades sociales y religiosas a las que Naim y Ryan deben hacer frente. Chiarella constantemente sugiere trazos de una exploración más honda. La relación entre Naim y su madre, por ejemplo, tiene un potencial que no se percibe del todo desarrollado, principalmente con el duelo por el padre tan cercano —algo que The Babadook (2014), otro título australiano, logra brillantemente—. Aunado a ello, el miedo que reina en la comunidad también se siente superficial; la cinta regularmente comenta acerca de vivir con él y la necesidad de que exista para sobrevivir. Esto, claro, se manifiesta literalmente en el ente que acecha, pero nunca en el actuar de los habitantes, que, al final, son los responsables de la desgracia. Finalmente, queda una sensación de que no llegamos a conocer a Naim y a Ryan más allá de sus facetas como amantes.

De cualquier manera, Leviticus funciona gracias a la química romántica entre Bird y Clausen, además de que logra mezclar efectivamente en la historia romance, maduración y terror —que depende poco del jump scare—. 20 minutos más le habrían venido de maravilla.









