¿Alguien ha visto a Street Fighter (2026) y a Super Mario Galaxy: La Película (Super Mario Galaxy Movie, 2026) en el mismo lugar? Porque algo nos dice que podrían ser la misma película: dos hermanos de otra madre unen fuerzas para combatir a un malo muy malo mientras su poderosa amiga se embarca en su propia aventura personal. Las adaptaciones cinematográficas de videojuegos más recientes lo tienen claro: “Metamos todas las referencias y chistes posibles y dejemos la historia —o al menos una buena— para otra ocasión; los fans vendrán corriendo a verla y saldrán satisfechos”. Una dosis de entretenimiento inofensivo no tiene nada de malo, por supuesto, pero a veces sí hace falta pedirles un poco más de ideas a los grandes estudios. “¡Es que así es el juego!”. “¡No te gustó porque no eres fan!”. Es cierto; sin embargo, aun cuando esta adaptación abraza el camp por completo para tratar de distinguirse, por ejemplo, de la franquicia de Mortal Kombat, sus decisiones narrativas, sobre todo desde la mitad, son frustrantes al punto de generar hartazgo. Resident Evil: Noche Cero (Resident Evil, 2026) comprobó que una visión autoconsciente puede conducir a lugares más interesantes que los que Street Fighter recorre.
Este nuevo intento de llevar el popular videojuego al cine —tras la graciosa infamia de los 90—se presenta como otra exagerada representación que bebe directamente de la nostalgia noventera y de la estética de las versiones más recientes de la saga. Así como en Mortal Kombat II (2026), un torneo de artes marciales es la base de una narrativa en la que un grupo de formidables peleadores se reúne para demostrar quién es el mejor de todos. Es complicado hacer un largometraje de un videojuego sobre personas peleando, por lo que era inevitables que Street Fighter dejara el torneo en un segundo plano; desafortunadamente, las subtramas que desarrolla resultan dolorosamente genéricas, desde una en la que Chun-Li (Callina Liang) trabaja secretamente para vengarse de M. Bison (David Dastmalchian) hasta otra en la que Jason Momoa aparece de la nada como Hu…, perdón, Blanka para lanzar olores desagradables y chascarrillos a un Ryu (Andrew Koji) que en cada momento parece estar harto simplemente de existir en este universo. Resulta complicado interesarse por estos personajes no solo porque no tienen nada que ofrecer más allá del cosplay que representan —Noah Centineo lo intenta al darle algo de corazón a Ken—, sino también porque el montaje insiste en olvidarlos un buen rato solo para retomarlos mucho después, cuando ya nos habíamos olvidado de ellos. Y así es como las dos horas se sienten como tres, a pesar de que el ritmo y los visuales propuestos por Kitao Sakurai son equivalentes a haber tomado un par de latas de Red Bull.

Si bien es cierto que la película abraza su ridiculez, tampoco es que alcance un nivel de autoconciencia astuta que le permita redefinir los conceptos asociados con el videojuego. Quizá el único aspecto que se acerca en ese sentido es el contenido homoerótico, que resulta más abundante que las tomas de Chun-Li semidesnuda o de Cammy (Mel Jarnson) en su leotardo. Ya sea con Guile (Cody Rhodes) lanzando chistes que constantemente plantean dudas sobre sexualidad o Bison casi oliendo los pies de Ryu antes de robar su poder —porque el premio para él era atraparlo—, Street Fighter ridiculiza hasta cierto punto el derroche de testosterona asociado con el juego. Pero, fuera de eso, su “emotivo” discurso acerca de dejar el egoísmo de lado y de regresar a lo que verdaderamente somos desentona con la sátira desplegada a lo largo de la trama. La mayor parte de los chistes tampoco aterriza como debería; el cringe viene con el show, pero el exceso es evidente.

El guion de Street Fighter simplemente no puede manejar la cantidad de personajes que se propone, lo que genera que la mayoría sea relleno y que se perciba como un amontonamiento en el que los protagonistas, que apenas destacan, sean construidos a partir de un solo rasgo, ya sea la revancha, la depresión o el delirio de grandeza. Entre la presencia del demonio Akuma (Roman Reigns) —un demonio que desea que Ryu sucumba al lado oscuro— y la amenaza de Bison, la narrativa nunca decide hacia dónde quiere dirigirse. La película recurre constantemente a los flashbacks como medio de exposición, y por más que estos sean geniales secuencias de anime al estilo de Kill Bill Vol. 1 (2004) —honestamente, no estaría nada mal tener un nuevo anime así de Street Fighter—, el recurso se desgasta cuando recurre una y otra vez a las mismas escenas alrededor del trauma de Ryu. Y no se podía esperar menos del final: un conjunto de instantes apresurados que inevitablemente conducen a una secuela, tal y como concluyó Mortal Kombat II. Estamos de acuerdo en que esta no se toma en serio como aquella, pero esconder su falta de imaginación —una canción noventera tras otra; abuso de la nostalgia; la típica secuencia de los héroes contra un ejército entero; etc.— en la excusa de la serie B se siente como una trampa.









