¿Realmente la generación Z no quiere coger y prefiere estar pegada a su teléfono? El progresismo ha traído muchos avances en materia de igualdad y derechos, pero ¿será que esa conciencia social también ha ido en detrimento de la libido de la juventud? En Quiero tu Sexo (I Want Your Sex, 2026), el icónico Gregg Araki vuelve a filmar después de más de una década para, probablemente, reflexionar al respecto. Aunque se trate de uno de sus trabajos más accesibles hasta ahora, el director vuelve —acompañado de la coguionista Karley Sciortino— con una hilarante sátira y comedia erótica que explora el puritanismo generacional con un toque ácido y la sensibilidad queer que ha definido su obra durante varias décadas. Aun con ciertas decisiones narrativas que se sienten forzadas, la película sale adelante gracias a la encantadoramente problemática pareja dispareja que conforman Olivia Wilde y Cooper Hoffman.
Si en Babygirl: Deseo Prohibido (Babygirl, 2024), el empleado ejercía un poder sexual avasallador sobre su jefa sumisa pero sedienta de emociones fuertes, en esta película, los papeles se invierten, pues es Erika (Wilde), la jefa, una artista “transgresora” que quiere excitar a las generaciones jóvenes con su obra disruptiva, la que domina a Elliot (Hoffman), un chico bienintencionado pero ciertamente reprimido sexualmente por culpa de una novia nefasta —Charli XCX en un papel limitado pero diferente a lo que ha hecho hasta ahora—y los temores que la gente de su edad ha desarrollado en torno al coito. “Si tan solo pudiéramos tener sexo sin todo el asunto del pene”, declara Apple (Chase Sui Wonders), la roomie de Elliot —que, más tarde, reafirmará su renuencia a la intimidad sexual tras un humillante incidente—. Araki, entonces, se dispone a invitar a los zoomers a desarmar su vulnerabilidad con una comedia sexual y una especie de coming of age erótico con un estilo mordaz.

Quiero tu Sexo, por otro lado, crea un dispositivo detectivesco para enmarcar los sucesos y añadir una capa más a la historia. El recurso —que emplea a Johnny Knoxville y Margaret Cho como agentes de policía— no aporta demasiado, pues solo parece recalcar lo obvio, aunque sí da pie a que Elliot cuestione sus acciones y el amor que siente por Erika. Está claro que Araki y Sciortino pretendían darle un toque de thriller noir a su obra, principalmente para que el giro que proponen al final —con un evidente no todo es lo que parece— tenga sentido; sin embargo, este no resulta tan llamativo ni acoplado del todo a la propuesta visual y narrativa —plástica y colorida— que desarrollan durante más de una hora. Aunado a ello, la sátira del arte que presentan tampoco es la más fina —por momentos recuerda a la muy fallida Velvet Buzzsaw (2019)—; la obviedad no ayuda. Afortunadamente, Wilde se apropia del concepto y concibe a un personaje despreciable pero ciertamente fascinante. Su cinismo solo se compara con su vacío artístico. Resulta curioso ver a la actriz protagonizar su segunda película en el año sobre liberación sexual.
Mención especial merece Mason Gooding como Zap, compañero de trabajo de Elliot. Aunque se trata de un estereotipo, el alivio cómico que ofrece y las filosas líneas que lanza permiten adentrarse un poco más en el contexto. Además, el papel funciona como un gracioso contrapeso de la inocencia del protagonista.

Si bien el viaje de descubrimiento sexual y personal de Elliot no es tan emotivo como el de Colin en Pasajero (Pillion, 2025), Hoffman tiene la gracia suficiente para que nos interesemos por él y aceptemos el reflejo que representa su personaje. Araki y Sciortino lo arropan con un guion más que decente y una serie de recursos fantásticos que delinean los deseos y las frustraciones de por medio, desde una Charli XCX con senos de caricatura gigantes hasta una escena en la que la cama literalmente se lo traga. Hoffman entiende la tarea y nos regala una interpretación tan pícara como inocente. En este sentido, Araki demuestra que sus dotes como director siguen intactas; no cualquiera puede construir una comedia erótica que verdaderamente saque provecho de sus actores y los inserte en una trama disparatada y relevante. Al final, la película desarrolla, en su representación de las dinámicas de poder, un comentario sobre la mercantilización de la transgresión y el tabú. Como dice Zap: “Bienvenidos a la triste realidad de hoy”.









