Crítica – Su Propio Infierno: Nicolas Winding Refn en modo autoparodia

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“Jamás conocí a alguien tan vacío y decepcionante”, declara uno de los personajes en Su Propio Infierno (Her Private Hell, 2026). La línea podría utilizarse para describir la nueva película de Nicolas Winding Refn, quien volvió al cine después de aventurarse en la televisión y haber estado técnicamente muerto durante veintitantos minutos tras una seria y rara complicación cardíaca. El danés parece haber llegado finalmente al punto de la autoparodia. Si bien ya desde El Demonio Neón (The Neon Demon, 2016) dejaba claro que sus inquietudes estaban volcadas por completo hacia la vibra en lugar de la narrativa, su más reciente esfuerzo lleva esta predilección al punto de lo insufrible, lo incoherente y lo ridículo. A pesar de un interesante diseño de producción y de un fantástico score a cargo del legendario Pino Donaggio, la película se convierte en un visionado agotador e incoherente desde el comienzo.

En esta ocasión, el alguna vez aclamado autor conjura una especie de cuento de hadas oscuro —la música contribuye a la construcción— ambientado en una ciudad futurista y habitado por una serie de personajes apegados a los arquetipos: una bella “princesa”, una “malvada” madrastra, un temible monstruo suelto y un príncipe “encantador”. En clave de thriller y un poco de slasher —con una pizca de giallo—, Winding Refn desarrolla un relato ensimismado consigo mismo que pretende evocar pasiones y hasta propósito, pero lo único que logra es someter al espectador a un cúmulo de sinsentidos que convergen en un pastiche armado con autorreferencias y alusiones culturales orientales que emergen únicamente como una suerte de fetiche visual. Su propio infierno se vuelve nuestro infierno. En el peor sentido posible, esta es la culminación temática de una filmografía que ha ido de más o menos. Resulta curioso escuchar al director decir que este trabajo es todo lo que la IA no podría hacer, cuando, en realidad, parece como si le hubiera pedido a cualquiera mezclar Blade Runner (1982), Barbarella (1968) y Solo Dios Perdona (Only God Forgives, 2013) para crear algo “nuevo”. Se trata, definitivamente, de la Megalópolis (Megalopolis, 2024) de Winding Refn.

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Imagen: Neon, byNWR

El cineasta pretende que la belleza de su elenco haga todo el trabajo. Sophie Thatcher, Charles Melton y Havana Rose Liu derrochan sensualidad en pantalla, pero sus interpretaciones están desprovistas de cualquier grado de emoción. Mientras que la sangrienta aventura del soldado K (Melton) en busca de su hija no puede ser más derivativa, la travesía psicosexual de una actriz y su misteriosa madrastra parece concebida únicamente para satisfacer una fantasía erótica masculina. Ambas subtramas transcurren bajo la amenaza de un ser maligno que existe, por alguna razón, en un mundo cuya inspiración en la ciencia ficción es solo un adorno. Los elementos de terror, por supuesto, recuerdan a El Demonio Neón, que al menos intenta decir algo sobre la industria de la moda, por más trillado que fuese. Aquí da la impresión de que el único objetivo de Winding Refn era regodearse en su ego.

Hay, además, una intención fallida de jugar con la metanarrativa —el cine dentro del cine— para que la trama resulte más intrincada. Lejos, obviamente, está de algo como La Daga en el Corazón (Un Couteau Dans le Cœur, 2018), que resuelve con astucia todo a lo que Winding Refn aspira.

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Imagen: Neon, byNWR

Su Propio Infierno se vuelve cada vez más odiosa por lo pretencioso de sus diálogos, lo irrelevante de sus personajes secundarios —Diego Calva aparece en un papel menor y ciertamente bobo— y el evidente esfuerzo de convertir cada cuadro en una obra de arte. Cuesta identificar si Winding Refn apuntaba a un ejercicio solemne o, más bien, a una sátira de género con valores de serie B. La comparación con Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026) resulta inevitable en este sentido. Mientras que una parece ejecutarse en piloto automático, la otra vibra con su irreverencia, su pasión y un discurso alrededor de lo “monstruoso” de la sexualidad que inyecta en una vanguardista pieza de género. Desafortunadamente para el danés, los impactantes colores neón, la violencia, los bellos rostros y los diálogos grandilocuentes no pueden llenar el vacío que se encuentra en el corazón de una película que permanece muerta durante ciento y tantos minutos.

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