Con una nueva ola de películas de terror y suspenso haciéndose cada vez más fuerte en todos los frentes del cine, encontrarse con algo como La Bruja de Blair resulta realmente decepcionante. Como pionera del found footage, la cinta original se convirtió en un objeto de culto no solo por su innovadora forma de aterrorizar al público, sino por el gran misterio que envolvió su estreno. ¿De verdad habían encontrado esta cinta en el bosque? ¿Acaso estábamos viendo un nuevo tipo de documental? No eran tan fácil poder conocer toda la historia sin un acceso generalizado a internet, pero vaya que El Proyecto de la Bruja de Blair fue todo un fenómeno de la época. Ahora, la secuela directa llega en un momento en el que el formato parece ya algo del pasado y la idea un tanto desgastada.
Lo predecible de la trama tampoco ayuda. La repetición de los eventos de la original parece ofensiva, como si trataran de concebir una nueva versión del clásico para una generación más joven que incluso ya lo han visto todo a estas alturas. Por si fuera poco, los recursos que Adam Wingard, el director, usa para aportarle dinamismo a la película son de lo más estúpidos y simplones. Que el ángulo de lo que está sucediendo cambie de manera constante gracias a la variada cantidad de gadgets que el grupo trae consigo no convence en lo absoluto. Wingard quiere que veamos cada detalle de lo que está sucediendo, lo cual es molesto e innecesario. Si había algo increíble en El Proyecto de la Bruja de Blair era el hecho de no saber qué estaba ocurriendo debido sobre todo a la única cámara que traían consigo los indefensos jóvenes.
La Bruja de Blair cumple con los estándares de cualquier película de terror promedio, lo que la convierte en un producto mediocre, poco memorable y que no se arriesga en ningún momento. No cabe duda que de ahora en adelante tendremos que ser sometidos a nuevos episodios de esta saga que todo lo que tenía que decir lo hizo el siglo pasado. Una lástima que el legado de un gran proyecto sea destruido de esta manera.










