Crítica – Una Batalla Tras Otra: la épica familiar de Paul Thomas Anderson

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En una entrevista con Simon Mayo, Paul Thomas Anderson habla sobre el hecho de que su guion y la novela en la que está vagamente basado, Vineland, de Thomas Pynchon, hayan sido escritos hace tanto tiempo y aun así continúen vigentes. El director comenta que le resulta curioso que poco o nada haya cambiado; la extrañeza de un padre ante un presente/futuro incierto se materializa: a pesar de los avances sociales y una mayor conciencia, pareciera que se da un paso adelante y dos hacia atrás; prácticamente, una batalla tras otra. Con esta película, uno de los autores cinematográficos estadounidenses hace otra reflexión sobre las confrontaciones que mantienen a su país en un constante conflicto con sus supuestos valores fundacionales. He aquí una épica política y social encapsulada en la lucha de una familia que tiene lo que los fascistas creen defender: el amor.

En Una Batalla Tras Otra (One Battle After Another, 2025), tratándose de otra obra de Pynchon, el aclamado director nos regala, por supuesto, una mezcla de géneros que abraza desde la comedia pacheca —el Bob de Leonardo DiCaprio por momentos parece salido de Vicio Propio (Inherent Vice, 2014) o de El Gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998)— hasta el western. La combinación nos remite inmediatamente a Eddington (2025), con la que Ari Aster pretendía hacer un comentario acerca de la fractura actual en Estados Unidos, pero con una obviedad y una tibieza francamente decepcionantes. Anderson, por otro lado, navega el terreno con un guion más sólido, honesto y valiente. A través de la historia de un exrevolucionario cuyo pasado regresa de golpe para atormentarle y arrebatarle lo que más quiere, el cineasta examina cómo las pequeñas revoluciones, incluso en el hogar, pueden hacer la diferencia.

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Imagen: Ghoulardi Film Company, Warner Bros.

Anderson reúne a un elenco formidable; cada uno de sus actores tiene su gran momento. Teyana Taylor brilla en el primer acto con una feroz interpretación sobre lo que significa ser una mujer negra militante en un país racista y fascista. Sean Penn, como el inolvidable villano, ofrece una de sus actuaciones más vistosas: un evidentemente perturbado militar en conflicto con sus fetiches. El veterano actor se pierde por completo en esta representación caricaturesca pero hilarante de la ultraderecha. Y luego está DiCaprio, un héroe improbable que no sirve para nada, pero que se gana el corazón del público con la infructuosa pero tierna búsqueda de su hija. Lo que nos lleva a Chase Infiniti —¿el mejor nombre del mundo?—, una estrella naciente que, aun con poco tiempo en pantalla, mantiene duelos interpretativos interesantes, sobre todo con Penn. Y claro que no podemos olvidar a Benicio del Toro, como un sensei que se toma las cosas quizá con demasiada calma; ni a Regina Hall, que deja una grata impresión a pesar de no tener un arco como tal.

Jonny Greenwood regresa también con un hipnótico score que se vale principalmente del piano para crear tensión. Su propósito en la historia recuerda a lo que hizo Hans Zimmer en Dunkerque (Dunkirk, 2017), con esas composiciones que parecían que iban in crescendo, pero que realmente nunca llegaban a un clímax. De alguna forma, el bucle encaja a la perfección con la repetición a la que apela la película.

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Imagen: Ghoulardi Film Company, Warner Bros.

Si bien la cinta tiene bastantes secuencias memorables, la que parece estar destinada a convertirse en una clase para futuros cineastas es la que tiene lugar en la carretera; por medio del montaje, Anderson crea una brutal confrontación entre tres personajes a bordo de un auto cada uno. La forma en que Michael Bauman filma —haciendo gala de la VistaVision— la carretera y la manera en que la yuxtaposición de planos —y las notas de Greenwood— llevan al espectador al borde del asiento resultan brillantes de principio a fin.

Con Una Batalla Tras Otra, Anderson señala los absurdos y el caos de ayer, que sigue siendo el mismo de hoy después de todo. Con ecos a la obra de los hermanos Coen, e incluso al clásico satírico Dr. Insólito o: Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) —con una subtrama que involucra a un grupo supremacistas blancos tan ridícula como divertida—, la película enaltece la verdadera libertad, que, como Tom Cruise, no se doblega ante el miedo. La revolución interna de Bob se vuelve un faro de esperanza en tiempos convulsos. Cuando la sombra del fascismo, la paranoia y lo más opresivo del conservadurismo se ciernen sobre uno y nuestros seres queridos, el amor, por más trillado que suene, puede salvarnos.

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