Tormento (2025) es la primera ficción como tal de Olallo Rubio, quien se adentra en el terror psicológico para hacer algo así como un estudio de personaje sobre una joven guardia de seguridad transferida a una morgue que se enfrenta al remordimiento en forma de una serie de ocurrencias que podrían ser definidas como sobrenaturales. Con este esfuerzo, el locutor convertido en cineasta propone una experiencia basada casi por completo en la atmósfera y lo visual; y aunque en algunos lapsos logra involucrar al espectador, la ejecución en general no puede evitar caer en clichés del género y enreiteraciones, que, eventualmente, hacen de esta cinta una travesía un tanto exasperante y un ejercicio que suele traicionar su intención original.
Prácticamente, un remake de la película paraguaya Morgue (2019), Tormento reconfigura la narrativa para centrarse en el suplicio de Brenda (Natalia Solián), que afronta una crisis moral que el director y guionista convierte en un purgatorio, representado aquí como los lúgubres pasillos de una morgue capitalina. Rubio parece apuntar hacia un entorno parecido al de videojuegos de terror como Resident Evil, con una protagonista relativamente indefensa recorriendo un edificio solitario. El diseño sonoro, entonces, juega un papel decisivo; los crujidos, los golpeteos y demás contribuyen a cierta acumulación de tensión. Y claro, Solián, ya con la experiencia como scream queen que le aportó Huesera (2022), se entrega física y psicológicamente a un papel quizá no complejo dentro de la narrativa, pero sí demandante en otros sentidos. La actriz verdaderamente hace palpable el sufrimiento que experimenta la protagonista.

Desgraciadamente, la propuesta de Rubio no consigue el efecto deseado por varias razones. Ni siquiera alcanzando los 80 minutos de duración, la cinta se siente extrañamente larga, probablemente porque en la primera mitad solo hay un punto de inflexión, que realmente no tiene mucho que ver con la experiencia de terror. En esta parte, la repetición se vuelve el motor de la historia: Brenda revisando un pasillo o una habitación y luego volviendo a su puesto, y así sucesivamente. Los lugares comunes no faltan: cosas que se mueven sin explicación, jump scares, ruidos extraños, luces que se apagan de la nada, entes que aparecen en las pantallas, situaciones que resultan ser sueños… En suma, Rubio pierde demasiado tiempo con las convenciones del género; no es sino hasta la segunda mitad que la trama comienza a mostrar algo distinto y a apostar más por la tortura psicológica que por el terror básico.

Tormento concibe una que otra imagen espeluznante, y aunque está claro que la intención de Rubio no era hacer como tal una película terrorífica, el empleo de los elementos ya mencionados —a los que podemos agregar el uso exagerado de la música ominosa— muestran algo de confusión al respecto y por momentos la hacen parecer como una versión —ligeramente mejor, eso sí— de Turno Nocturno (2024). Rubio prescinde de los diálogos buena parte del tiempo para depositar todo su peso en los visuales —vale la pena mencionar trabajo de fotografía que hace Emiliano Villanueva en espacios poco iluminados— y en las expresiones de Solián; sin embargo, un guion poco inspirado, recursos trillados y un final que pretende explicar lo que acabamos de ver llevan la película hacia un territorio explorado hasta el cansancio.









