Crítica – The Smashing Machine: Dwayne Johnson se sincera en una película que confunde lo austero con lo plano

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Dwayne “La Roca” Johnson, después de muchos años como rey de la taquilla, por fin se interna en un cine más serio y orientado hacia otro tipo de público. La Máquina: The Smashing Machine (The Smashing Machine, 2025) ve al popular actor convertirse en el famoso peleador Mark Kerr, flexionando ese músculo histriónico que nunca o rara vez había ejercitado. Por primera vez podemos ver al también luchador desenvolverse en un entorno real y sin tanta parafernalia de por medio. El resultado es, fácilmente, la mejor actuación de su carrera, aunque la vara no estaba muy alta para empezar. Y, desafortunadamente, por más que deje una grata impresión, el resto de la película comete el error constante de funcionar para él y no con él.

Benny Safdie, trabajando sin su hermano Josh ahora, concibe una biopic que va y viene entre lo convencional y lo experimental, si es que podríamos definir así su acercamiento menos ordinario a una serie de hechos reales. Su guion recorre lo usual en este tipo de películas: los momentos altos y bajos de una reconocida figura. Por supuesto, esto lo hemos visto en el género cualquier cantidad de veces; El Luchador (The Wrestler, 2008) y Garra de Hierro (The Iron Claw, 2023) vienen inmediatamente a la memoria. Y aunque Safdie busca diferenciarse filmando —con Maceo Bishop en la dirección de fotografía— en 16 mm para dotar de cierta intimidad a sus imágenes, echando mano de una música original inesperadamente relajante —a cargo de Nala Sinephro— y adoptando un ritmo que subvierte la expectativas —que bien podría considerarse anticlimático—, su propuesta narrativa termina por ser plana, haciéndose incluso pasar por austera.

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Imagen: A24, Out for the Count, Seven Bucks Productions, Magnetic Fields Entertainment

Safdie adopta un estilo cercano al documental para seguir a Kerr, lo cual tiene sentido, pues la intención de hacer sentir al espectador acompañante del protagonista resulta fundamental en la búsqueda de su involucramiento. El problema está en lo repetitiva que se vuelve la historia: Kerr se pelea con Dawn (Emily Blunt), su novia, asiste a un combate, se reconcilian y se vuelven a pelear, y así sucesivamente. Safdie, además, intenta mostrar esa desconexión entre Dawn y Kerr, un tipo dulce y comprensivo hasta con sus contrincantes, menos con ella; sin embargo, nunca se detiene realmente en desarrollar qué hay detrás de esta relación tóxica. Por si fuera poco, el personaje de Dawn desaparece por muchos lapsos, no tiene un arco propio y se somete exclusivamente al de Kerr. “No sabes nada sobre mí”, declara a su pareja en una escena, pero pareciera como si estuviese rompiendo la cuarta pared. Blunt, a decir verdad, se siente desperdiciada, a pesar de convencer con su trabajo.

The Smashing Machine tampoco encuentra algo interesante en los demás personajes. El peleador de UFC Ryan Bader, que interpreta al entrenador y amigo de Kerr, Mark Coleman, demuestra haber sido una elección errónea para el papel; su actuación es básica en todo sentido, y esto se nota cuando interactúa con personas experimentadas como Johnson y Blunt.

Otro problema que enfrenta la película es la caracterización de Johnson. Sí, el compromiso físico y emocional del actor es indudable, pero los prostéticos le restan algunos puntos; en un par de escenas da la impresión de que no puede trabajar sus expresiones faciales como hubiera deseado. No es que el trabajo del famoso maquillista Kazu Hiro sea deficiente por completo, pero este es el riesgo que se corre al usar maquillaje para buscar un parecido físico.

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Imagen: A24, Out for the Count, Seven Bucks Productions, Magnetic Fields Entertainment

The Smashing Machine falla al proyectar la interiorización del conflicto de Kerr. La tesis de Safdie apunta al impacto emocional que implica perder una pelea; pero fuera de lo que Kerr dice expliciticamente, sobre lo bien que se siente ganar, no hay realmente una exploración psicológica de su reconstrucción como humano y como deportista; por suerte, el relato hace un símil pertinente con el arte japonés del kintsugi —reparar objetos cerámicos con oro para hacer que las grietas sigan siendo evidentes—. Reconstruirse sin esconder nada.

Aunque Safdie acierta al no definir a Kerr solamente por su adicción a los opiáceos, esta parte de la trama se resuelve rápidamente. El director también pierde mucho tiempo en escenas lindas pero irrelevantes —como una en la que Kerr y Dawn van a una feria—, y en otras redundantes —como las peleas de pareja—. Quizá haber entregado la tarea de montaje —Safdie estuvo a cargo— a alguien más acostumbrado a este ritmo hubiera sido de ayuda.

Si bien estamos ante una biopic que se rehúsa a adherirse por completo a las convenciones del género, The Smashing Machine, la visión que muestra la mirada de Safdie no siempre ofrece un panorama interesante. La vulnerabilidad de un tipo aparentemente indestructible está ahí; las emociones están ahí, pero el director no consigue conectarnos con ellas cuando más resulta necesario. El filme parece más preocupado por lo de afuera que por lo de adentro.

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