Crítica – Spingsteen: Música de Ninguna Parte; una íntima pero dispersa biopic

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La biopic musical sigue en plena devaluación. A pesar de que ejercicios refrescantes, como Better Man (2024) y Rocketman (2019), aparecen de vez en cuando, cosas como Un Completo Desconocido (A Complete Unknown, 2024) y ahora Springsteen: Música de Ninguna Parte (Springsteen: Deliver Me from Nowhere, 2025) surgen, supuestamente, para explorar la psicología y el genio creativo de sus sujetos, pero la realidad es que solamente son un cebo para los Óscar. Por más que la película en cuestión se jacte de ir en contra de las convenciones establecidas, los lugares comunes que recorre y su literalidad no pueden ser pasados por alto. Aun con una actuación central convincente que no se basa del todo en la imitación, Música de Ninguna Parte sorprende por la sensación de indiferencia que deja.

La cinta, así como la de Bob Dylan, se enfoca en un capítulo específico de la carrera de Bruce Springsteen: la grabación del emblemático álbum Nebraska —que lo vio entrarle al folk, irónicamente, lo contrario a lo que pasa en Un Completo Desconocido—, que significó un súbito cambio de dirección en la carrera de un rockero que encontró inspiración en su dolor e, inesperadamente, en Terrence Malick, cuya esencia se percibe momentáneamente al comienzo. La acotación es delineada también por el estado de ánimo del protagonista, un hombre visiblemente atado a su pasado y que no puede seguir adelante. Y aquí es donde la película comienza a internarse en los clichés: una serie de escenas en blanco y negro nos muestra una infancia marcada por el alcoholismo de su padre (un cumplidor Stephen Graham) y ciertos instantes de relativa violencia al interior de su hogar. Scott Cooper, director y guionista, basándose en el libro Deliver Me from Nowhere, de Warren Zanes, no puede evitar recurrir a la obviedad para construir a su personaje principal. En lugar de confiar en el drama, el cineasta apuesta por la explicación. Su dirección, además, es poco imaginativa fuera de los actores.

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Imagen: Bluegrass Films, Gotham Group

El guion, además, deja a la deriva a los otros personajes secundarios. Jeremy Strong, que interpreta al mánager Jon Landau, intenta dotar de una rareza a un personaje que, ciertamente, no resulta atractivo desde lo dramático, pues buena parte de sus intervenciones se limita a exponer la trama o a protagonizar momentos anecdóticos, como las dificultades técnicas para la grabación del álbum y la confrontación con los ejecutivos de la disquera, que esperaban algo comercial. Y también está Odessa Young, que da vida a la ficticia Faye Romano, que combina varios de sus intereses románticos de la época. Así como Elle Fanning en Un Completo Desconocido, Young termina por hacerla de una mujer supeditada enteramente al desarrollo de su contraparte masculina. El romance permite entender una parte de la frustración de Springsteen, aunque reducida al típico “no eres tú, soy yo”. Si no había un personaje específico de por medio y una intención más profunda al respecto, ¿cuál era entonces el punto de incorporar un interés romántico?

Por tanto, la fortaleza de Springsteen: Música de Ninguna Parte reside únicamente en la interpretación de Jeremy Allen White, que encuentra en la intimidad de la propuesta una oportunidad para explotar su talento de la misma manera que lo hizo en Garra de Hierro (The Iron Claw, 2023). Cooper y su equipo, al menos fieles a la esencia minimalista de Nebraska, prescindieron de cualquier tipo de prostético para hacer que Allen White se pareciera a Springsteen, lo que hace que el actor se desenvuelva con naturalidad al momento de proyectar la depresión del músico. Desafortunadamente, a pesar de la inclinación a la introspección, la ejecución se torna bastante obvia, sobre todo en la cuestión de la composición del disco. Por ello, el acercamiento a su creatividad no se siente tan genuino.

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Imagen: Bluegrass Films, Gotham Group

Springsteen: Música de Ninguna Parte trata todo el tiempo de que el espectador entienda lo evidente con frases como “Es como si estuviera canalizando algo sumamente personal” o “Estoy intentando encontrar algo real entre tanto ruido”. La exploración psicológica se queda en eso. Y, al final, justo cuando parece que viene el clímax que nos mostrará la vulnerabilidad de Springsteen cediendo —en una escena en el psicólogo—, Cooper hace un corte, y por medio de una tramposa elipsis arregla todas las cosas en la vida del músico, así como en una escena en la que el papá se va de juerga. Por otro lado, una de las últimas escenas, donde tiene lugar la reconciliación entre padre e hijo, arroja una incomodidad absoluta y un verdadero interés por mostrar la dinámica familiar tan extraña. Desafortunadamente, para entonces ya es demasiado tarde.

Así como la búsqueda de algo personal y real que emprende Springsteen en la cinta, Cooper trata desesperadamente de transmitir la intimidad de Nebraska y la desolación de su sujeto; sin embargo, la falta de ideas y la inevitable aparición de lo trillado dejan la película como una mera anécdota acerca de la creatividad sobre el negocio.

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