Tenía que venir Kelly Reichardt a reinventar las películas de atracos con Mente Maestra (The Mastermind, 2025), después de todo, no hace mucho hizo con su anti-western First Cow (2019), una cinta llena de sensibilidad que subvierte las convenciones del género para desarrollar una conmovedora historia sobre conexión humana. En esta ocasión, la autora estadounidense nos entrega una especie de thriller que, por supuesto, se cuece a fuego lento para, en el proceso, desarrollar un estudio de personaje sumamente observacional acerca de un hombre en conflicto al mismo tiempo con su potencial y su patética existencia.
Josh O’Connor sale triunfante del reto de cargarse por completo una película al hombro como J. B. Mooney. Resulta curioso que su interpretación de un ladrón de arte en los Estados Unidos de los 70 sea una continuación de lo que hizo en La Quimera (La Chimera, 2023), en la que hace de un ladrón de tumbas en la Italia de los 80. Podríamos ver su nuevo esfuerzo como una especie de precuela que explora los orígenes de un lastimoso personaje que, sin embargo, es construido exquisitamente por O’Connor y Reichardt. La colaboración da como resultado un torpe protagonista que vive un engaño propio que el mismo va desenmascarando conforme avanza la trama. “Lo hago por ti y por los niños”, le dice a su esposa Terri —una Alana Haim algo desaprovechada, eso sí— tratando de justificarse; “bueno, y también por mí, pero 3/4 por ustedes”. La astucia narrativa de Reichardt y la sutil pero efectiva ejecución de O’Connor —a cuyo personaje solo basta verle existir para convencerse de su rol en este universo— hacen de J. B. un protagonista extrañamente inolvidable.

Mente Maestra, nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes, e inspirada en un robo real sucedido en un museo de Massachusetts en los 70, se sitúa en una época de cambio en el país. Las noticias de Vietnam llegan por la radio, y en las calles las protestas se hacen sentir. El otro bando tacha de “vagos” y “agitadores” a quienes critican al gobierno. J. B. permanece completamente indiferente a lo político, pero sus acciones no podrían estar más cerca de ello. Su renuencia a rendirse al sistema y a la vida suburbana a la que parece estar destinado —para tratar de escapar torpemente del privilegio que lo rodea—, inadvertidamente, lo emparenta con los manifestantes. Por supuesto, J. B. no es tan astuto como cree, y si hay algo en lo que Reichardt sí se ajusta al género es la forma en que todo se cae pedazos. Y al final, la ironía se hace presente con una memorable secuencia que pone fin a la aventura de J. B. de la forma más contundente posible.
Reichardt construye el filme con algunos elementos de comedia que incluso se acercan a la física. Una larga secuencia en la que J. B. esconde con cuidado sus cuadros robados tiene un cerdo de fondo y hasta algunos accidentes. El atraco mismo está filmado con un tono similar; el tiempo que el protagonista y sus secuaces se toman es hilarantemente largo. En suma, la directora y guionista nos presenta a un ladrón cuyo delirio de grandeza solo es superado por el pobrísimo diseño de su plan maestro. De nuevo, la ironía aparece, esta vez desde el título. La música de Rob Mazurek —el típico jazz libre relacionado con las películas de atraco— también juega un papel determinante en este sentido.

Mente Maestra recuerda a Un Caballero y su Revolver (The Old Man & the Gun, 2018) no solo por su ambientación y fotografía —el grano que consigue Christopher Blauvelt es exquisito—, sino también por la melancolía que emana de su protagonista. Con esta obra, Reichardt apela al espejismo del individualismo —tan en boga hoy en un nuevo panorama de división— y a esa fantasía en la que algunos pretenden vivir. Este aparente íntimo retrato se refiere sutilmente a un entorno político a gran escala, aunque sin caer en el didactismo ni nada parecido. De hecho, si bien el ritmo es lento, esta podría ser una de las películas más accesibles de Reichardt, una en la que examina la distancia moral entre su sociedad y los hechos que la rodean.









