Mátate, Amor (Die, My Love, 2025), basada en la novela del mismo nombre de la argentina Ariana Harwicz, es una película opresiva, asfixiante y desorientadora. Lynne Ramsay recupera en cierto modo la visión de la maternidad que desplegó en Tenemos que Hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, 2011) para explorar de nuevo el estado emocional y psicológico de una mujer tras dar a luz. En esta ocasión, la escocesa ofrece una representación visceral de la depresión posparto a través de un drama poco convencional propulsado por la desatada interpretación de Jennifer Lawrence, que se compromete por completo con uno de los papeles más complicados que ha enfrentado en su carrera. Se trata de una experiencia incómoda y compleja que, a pesar de caer en la reiteración, materializa un sufrimiento todavía incomprendido por la sociedad.
Ramsay nos introduce en la dinámica diaria de una joven pareja que se muda a una vieja casa en el campo, donde, eventualmente, comienzan a criar a su hijo. Ramsay hace equipo con Alice Birch y Enda Walsh en esta adaptación de la obra de Harwickz, que, curiosamente, tuvo su origen en Martin Scorsese, quien quedó como productor, pero no sin antes haber posicionado a Lawrence como protagonista. Las cualidades del equipo confirman su idoneidad para este proyecto: la sensibilidad de Birch para construir personajes femeninos tan excéntricos como auténticos —ahí está la miniserie de Dead Ringers (2023)—; la experiencia de Walsh en teatro y en películas que casi son puestas en escena —como Hunger (2008)—; y, claro, la forma en que Ramsay abordó la maternidad en Tenemos que Hablar de Kevin, que, de hecho, casi le hace dar un paso al costado al no querer repetir esta temática en otro proyecto —Lawrence finalmente la convenció de quedarse—. Lo anterior se conjuga en una cinta que, según la misma Ramsay, es más “una loca historia de amor” que una sobre depresión posparto y maternidad “fallida”.

Mátate, Amor, en efecto, puede leerse como un relato sobre relaciones tóxicas alimentadas y consumidas al mismo tiempo por el amor. Robert Pattinson —como Jackson— y Lawrence —como Grace— hacen de esta pareja una salvaje, con la segunda entregada por completo a una actuación física que, por supuesto, remite a ¡Madre! (Mother!, 2017), en la que, en primera instancia, encarna a una joven inmersa en una caótica y destructiva serie de eventos. Y ese caos está presente aquí en el estudio de personaje que proponen Ramsay, Birch y Walsh; la impredecibilidad de Grace y una trama que se rehúsa a dar explicaciones e incluso a dar referencia sobre lo que es real y lo que no dan como resultado una cinta ciertamente feroz y que se mueve entre lo errático, lo surreal y un dolor muy real para adentrarnos en el estado mental de una mujer asediada por ella misma.
El ejercicio —que recuerda en parte al que desplegaron Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe en Anticristo (Antichrist, 2009)— parece querer acercarse al terror en varios pasajes para describir el sentir de Grace. En ese sentido, la fotografía de Seamus McGarvey resulta determinante; los visuales casi espectrales —que hacen ver la noche como una especie de purgatorio— apuntan a ese vacío al que se refiere la protagonista cuando ve las estrellas. McGarvey destaca la brutal intimidad de la trama con una relación de aspecto y un grano que hacen pensar en un video casero que, definitivamente, no deberíamos estar viendo.

Mátate, Amor enfatiza constantemente el conflicto interno de Grace, tanto que la reiteración se vuelve inevitable. La película se adentra en terrenos escabrosos sobre la identidad de esta mujer como individuo, esposa y madre, pero luego no puede escapar de ellos. Entonces, queda una impresión de que el filme se convierte lentamente en una colección de viñetas en las que se muestra a Lawrence haciendo una cosa más impactante que la anterior. El personaje de Pattinson, además, queda como una nota al pie de página. Y ni hablar de Sissy Spacek, Lakeith Stanfield y Nick Nolte, cuyas intervenciones quedan limitadas notablemente, principalmente las de los últimos dos.
Mátate, Amor es como una versión por momentos malickiana de Canina (Nightbitch, 2024). Ramsay, entregando algo así como una modernización de Una Mujer Bajo la Influencia (A Woman Under the Influence, 1974), captura el hastío de la vida en pareja, combinado con esa sensación de “estar atorada entre querer hacer algo y no querer hacer nada” que Grace describe con una tranquilidad inquietante. La cinta se conecta orgánicamente con el muy menospreciado documental Brujas (Witches, 2024), de Elizabeth Sankey, que establece una relación entre las expectativas que se tienen de las mujeres como madres y todo aquello que tiene que ver con la figura de la bruja. La secuencia final, de hecho —que evoca a La Bruja (The Witch, 2015), de Robert Eggers—, augura una liberación de la oscuridad que emana de una perpetua sensación de cautiverio.









