En una escena de Leonora (Leonora in the Morning Light, 2025), la protagonista conversa con su amiga y confidente Remedios Varo (Cassandra Ciangherotti), quien le dice que “las emociones no valen nada”. Tal parece que los directores Thor Klein y Lena Vurma se tomaron demasiado en serio la frase, pues eso es justamente una de las cosas que le falta a su película, una biopic de fórmula con una aparente visión más “artística” y que trata de engañar al espectador de que está ante algo realmente profundo y trascendental. Este retrato de la vida de la pintora británica naturalizada mexicana funciona más bien como una escueta colección de viñetas sobre algunos momentos importantes de su existencia; básicamente, un artículo de Wikipedia llevado al cine y embellecido con una fotografía preciosista, filtros básicos y variados instantes de contemplación vacía.
La cinta —basada en la novela del mismo nombre, de Elena Poniatowska—, dividida en varios capítulos, nos lleva por la vida de la pintora a través de los años y en distintos puntos del mundo, desde su infancia de alcurnia en Gran Bretaña hasta su etapa en México. Klein y Vurman siguen una estructura más o menos lineal —con algunos flashbacks intercalados con escenas surreales— enfocándose en momentos históricos y otras figuras emblemáticas más que en el desarrollo de su personaje. La atención se posa en Max Ernst, André Breton, Edward James y hasta Salvador Dalí; Carrington, regularmente, parece un personaje secundario en su propia película. Para tratarse de una historia que enarbola una exploración de la espiritualidad femenina, los hombres toman un papel preponderante en la trama.

Y eso no es todo, pues, más adelante, los directores invierten una parte sustancial del relato en retratar los episodios psicóticos de Carrington. Al final, Leonora queda como una visión sensacionalista de un ícono artístico; para Klein y Vurma, pareciese que no era más que una “loca”, una “amante” y una contemporánea de grandes artistas hombres. Varo, la otra mujer del filme, va y viene, con apenas unos destellos de personalidad, pero sin un arco como tal. Curiosamente, Luis Gerardo Méndez aparece, inexplicablemente, con dos personajes completamente irrelevantes —y uno de ellos es como si lo hubieran arreglado para una fiesta de disfraces—.
Lo visual es donde se puede encontrar lo rescatable. La fotografía de Tudor Vladimir Panduru aprovecha al máximo la luz para hacer lucir el Jardín Escultórico de Edward James. Las imágenes evitan la exotización de México, algo que ciertamente se agradece. Sin embargo, Panduru recurre a la salida fácil al momento de inyectar el surrealismo en la trama; el trillado filtro de los bordes desenfocados no convence. En este sentido, Klein y Vurma tampoco encuentran la manera de justificar un elemento que, claramente, tenía un mayor potencial. En suma, las escenas con los animales y otras oníricas no aportan mucho al desarrollo de Carrington como personaje.

Aunque Leonora aspira a ser algo como Van Gogh: En la Puerta de la Eternidad (At Eternity’s Gate, 2018), termina asemejándose a cintas como Daliland (2022), que se muestran incapaces de indagar en el genio artístico de sus sujetos, optando mejor por un tratamiento superficial enfocado en la parte más escandalosa o morbosa de su ser. Con una Olivia Vinall ofreciendo una interpretación muy fría y distante de Carrington, y un tercer acto que acaba de la nada —y que explica, por supuesto, lo que pasó después con un breve texto—, la película nunca nos dice quién fue realmente esta mujer ni tampoco elabora en la perspectiva femenista del surrealismo. Leonora Carrington merecía algo más digno.









