En La Virgen de la Tosquera (2025), un carrito de súper yace olvidado en la calle. Este carga con cualquier cantidad de basura y chácharas, pero también con algo podrido que esparce por los alrededores un terrible augurio. Los vecinos no hacen nada, solo observan la podredumbre y siguen con sus vidas, marcadas por la escasez, el olvido, la decadencia y una ansiedad provocada por una severa crisis económica. En esta película, Laura Casabé retrata el sentimiento de una sociedad al borde del colapso a través del despertar sexual de una jovencita que recurre a una fuerza sobrenatural para reclamar lo que cree que le pertenece por derecho. Se trata de un coming-of-age que incorpora elementos de terror y de thriller psicológico para crear una sensación tan familiar como inquietante. Es como la versión oscura del cine de Sofia Coppola.
Casabé mezcla astutamente la película de madurez adolescente que bien conocemos con una capa social y una atmósfera que en distintos momentos se acerca a un horror poco convencional, que viene más de la cruda realidad que de cualquier otra cosa. El balance, por supuesto, viene desde el guion de Benjamín Naishtat, que se basa en un par de cuentos de Mariana Enríquez para crear un universo reconocible. Optando más por sensaciones y situaciones que por diálogos y exposición, el escritor sienta las bases para que el espectador se adentre en un entorno que Casabé y sus actores hacen sentir muy familiar. Ese caluroso verano del 2001 vuelve no exactamente con una carga nostálgica —sesiones para escuchar CDs; tardes en el cibercafé; comprar la ropa de moda…—, sino más bien como el difícil recuerdo de una época definida por la desesperanza y la incertidumbre. Los jumpscares no existen aquí, pero sí el ineludible sentimiento de que todo está por irse al diablo, como el país mismo.

La Virgen de la Tosquera es también una declaración acerca del deseo femenino. Naishtat y Casabé conciben en Natalia (Dolores Oliverio) una representación muy genuina de la lujuría, los celos y el poder. El hecho de que Diego (Agustín Sosa) se fije ahora en Silvia (Fernanda Echevarría), una mujer mayor recién llegada, supuestamente viajada y conocedora, genera una angustia silenciosa que proyecta desasosiego, frustración y una amenaza al orden preestablecido. Con una actuación contenida pero profundamente misteriosa, Oliverio nos invita a ser parte de un oscuro mundo que se manifiesta como una retorcida cruza entre Chicas Pesadas (Mean Girls, 2024) y Carrie: Un Extraño Presentimiento (Carrie, 1976). Pero la atención no solo se fija en ella, sino también en sus amigas, como Josefina (Isabel Bracamonte), inquieta por la necesidad de “debutar” para no quedarse atrás en lo que respecta al descubrimiento sexual. En suma, la historia captura muy bien la mortificación juvenil —que Casabé subraya ingeniosamente con las icónicas frases de un icónico videojuego—.

A pesar de un coqueteo con la brujería y el ocultismo, la película realmente no echa mano del folk horror o algo por el estilo para construir su mundo. Lejos de obras como Cuando Acecha la Maldad (2023) —aunque similar en cuanto a su representación de la vida diaria argentina, ya sea en los suburbios o en provincia—, la cinta se decanta por algo más aterrizado y enclavado en el terror que emana de una realidad social bastante sombría. Casabé y Naishtat nos presentan a un grupo de chiquillas en conflicto —sin que lo expresen abiertamente— con el patriarcado, pero también con cualquier cosa que altere el statu quo. La trama enmarca acertadamente estas contradicciones, lo que da como resultado personajes honestos, complejos y hasta intrigantes. La Virgen de la Tosquera emerge como otra notable pieza del cine de género argentino que dialoga de principio a fin con las vicisitudes de una nación enfrentada con un contexto que escapa de su control, al mismo tiempo que nos hechiza con una historia adolescente tan cercana como turbadora.









