Crítica – La Vida de Chuck: cine de superación personal

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El negocio de la autoayuda es muy rentable, principalmente en la literatura. Ahí están El Alquimista o El Monje que Vendió su Ferrari, libros de superación personal que no dejan de venderse por más que pasen los años. El cine, por supuesto, también se ha visto seducido por esta tendencia; muchas cintas esconden este discurso en su historia, pero La Vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) no tiene reparo alguno en hacerlo; se trata, prácticamente, de una compilación de las ideas más básicas que sostienen estas filosofías de vida compartidas por escritores hasta el cansancio y ganando mucho dinero en el proceso. La película en cuestión está lejos de ser un éxito de taquilla y hasta de la crítica, pero su esencia inspiracional profundamente trillada resulta evidente, poniendo incluso en duda su viabilidad cinematográfica.

Mike Flanagan, que simplemente no puede escapar de las garras del universo de Stephen King, adapta un cuento no tan popular del emblemático autor, alejándose momentáneamente del terror y del suspenso que han caracterizado su obra. En esta ocasión, el director apuesta por algo fantástico de un carácter que se mueve entre lo íntimo y lo épico —como en El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011). No hay duda de que uno de los objetivos de Flanagan siempre es mantenerse lo más fiel posible a King —ya sea por orden o por convicción—, pero aquí esta máxima es llevada al límite. El mayor problema de la cinta no es que no haya una trama como tal, o que haya larguísimos pasajes narrados tal cual como están en el material original, sino que realmente no hace nada por darle otro enfoque a lo hecho por el escritor, lo que da como resultado una serie de historias cortas poco trascendentales llevadas a la pantalla grande para sostener un discurso motivacional agotado desde hace mucho.

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Imagen: Intrepid Pictures, Red Room Pictures, QWGmire, FilmNation Entertainment

La Vida de Chuck enarbola una filosofía similar a la de “Si estás triste, pues sé feliz”. El primer segmento que en realidad es el final; la estructura recuerda a El Curioso Caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008)— presenta la escala del “calendario cósmico” —popularizada por el cosmólogo Carl Sagan— para puntualizar nuestra insignificancia universal como especie. Es cierto que Chiwetel Ejiofor lo explica con una solemnidad seductora, pero pronto surgen las señales de que el concepto servirá para desarrollar un tratado muy superficial sobre hacer valer cada instante. El segundo, protagonizado por Tom Hiddleston —que lidera una genial secuencia de baile— confirma las sospechas. La cinta dialoga con Aquí (Here, 2024), de Robert Zemeckis, en cuanto a su aparente complejidad para decir algo tan simple.

El tercer acto es el peor de todos. El origen de lo que acabamos de ver se ejecuta como una tierna pero aburrida trama sobre el “derecho que tenemos a ser maravillosos”. La pseudofilosofía se vuelve sumamente molesta a estas alturas, sin mencionar que ninguno de los actores involucrados, incluyendo a Mark Hamill, convence en roles que carecen de encanto o profundidad. La película tiene bastante en común con el sentimentalismo de Forrest Gump (1994), pero sin un Tom Hanks en su mejor momento y la gracia que rodeaba a varios de aquellos personajes secundarios, aquí solo queda un cascarón que protege la pretensión de afrontar los misterios de la vida y los universos internos de la forma más banal posible. El final, una profecía autocumplida, pretende ser iluminador, pero solo llega a lo obvio.

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Imagen: Intrepid Pictures, Red Room Pictures, QWGmire, FilmNation Entertainment

Con Nick Offerman narrando pasajes enteros del cuento de King, por momentos se siente como si estuviéramos ante la versión en audiolibro. Flanagan dirige La Vida de Chuck quizá con mucha entrega, pero sin ningún tipo de riesgo, y como si estuviera intentando complacer al autor. Esto deviene en un ejercicio plano en todo sentido, un desperdicio lamentable de buenos actores —Hiddleston apenas tiene tiempo en pantalla— y la sensación de que estamos ante algo falso —la secuencia de baile se siente tiesa por la disposición del set y por los extras—. La obsesión de Hollywood con King, definitivamente, tiene que acabarse ya, o al menos darle la oportunidad a quienes quieran hacer enojar al escritor aventurándose a tomar libertades. Por eso extrañamos tanto a Kubrick.

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