Si Emilia Pérez (2024) trivializa el cáncer que representa el narcotráfico para México, La Ola (2025), prácticamente, hace lo mismo con la violencia de género en Chile. Hacer un musical sobre un tema tan delicado representa un riesgo si no se hace con el cuidado necesario; pero el chileno Sebastián Lelio de alguna forma pensó que podría superar el reto para rendirle un homenaje a la causa feminista en su país, cuyas manifestaciones acapararon los titulares en 2018. Por supuesto, un hombre haciendo este tipo de película suscita suspicacias perfectamente válidas y plantea una visión que, dependiendo del enfoque, no alcanza a abarcar las complejidades del tema que está tratando. Si bien las intenciones de Lelio son nobles, el ejercicio que pone en práctica con este esfuerzo parece tener como objetivo que celebren su talento artístico en lugar de poner el foco en lo que verdaderamente importa: el abuso y el acoso sistemático en contra de las mujeres.
En La Ola, una joven estudiante de Música se encuentra confundida tras un encuentro sexual con un compañero. Al mismo tiempo, las alumnas en su escuela comienzan a organizarse para presionar a los directivos a que tomen medidas contra profesores y estudiantes abusadores y acosadores. Lelio presenta la acción —o al menos parte de ella— como un musical, lo cual, en teoría, no parece tan descabellado; recordemos que en las protestas en Chile nacieron el tema “Un Violador en tu Camino” y una serie de performances para enmarcar el hartazgo femenino de una existencia regida por el patriarcado. La cuestión está en que el director y sus coguionistas Manuela Infante, Josefina Fernández y Paloma Salas abordan la problemática con una estetización de la que Jacques Audiard seguramente estaría orgulloso. El reduccionismo del conflicto al que apunta la cinta deja fuera muchas aristas, anteponiendo el espectáculo en todo momento.

Esta no es la primera vez que Lelio presenta un discurso ajeno a su mundo; Una Mujer Fantástica (2017) demostró su sensibilidad en ese sentido. Sin embargo, en esta ocasión, su aporte no puede ser más superficial. De alguna forma, él mismo lo sabe, e incluso la cinta rompe la cuarta pared —como en El Prodigio (The Wonder, 2022)— momentáneamente para dar cuenta de ello: “¿Qué mierda hace un hombre dirigiendo esta película”, dice un personaje, y tiene algo de razón. La mirada femenina también puede no dar en blanco cuando de narrativas femeninas se trata —como lo demostró Natalia Beristáin en la sincera pero fallida Ruido (2022)—, pero sí que brinda un tacto para no ponerse encima de lo que se está contando. Lelio se compromete tanto con el espectáculo que se olvida de desarrollar convincentemente a su protagonista; el aporte de sus guionistas mujeres no se siente del todo. Este abordaje, con personajes que se la pasan gritando lo que piensan, y con otros caricaturizados a la máxima potencia, desgraciadamente, termina más por sentirse una parodia que otra cosa.
Para ser un musical, La Ola también se queda corta. Si bien el número inicial tiene la potencia y la furia necesarias para adentrar al espectador en este universo y poner sobre la mesa la frustración y las peticiones de estas mujeres, las coreografías como tal no vuelven a aparecer sino hasta el tercer acto, como si de pronto se acordase de su forma inicial. Matthew Herbert compuso la música con ayuda de cantautoras chilenas como Ana Tijoux, Camila Moreno y Javierra Parra, pero las letras de varias canciones no se muestran a la altura del talento involucrado; lastimosamente, algunas, principalmente las del final, recuerdan a las composiciones que hicieron Camille y Clément Ducol en Emilia Pérez.

Para Lelio, el fin parece justificar los medios en La Ola. Aunque hay un intento por señalar a instituciones —como las univerdades— y su parte de complicidad encubriendo o careciendo de protocolos para ayudar a las víctimas, el discurso de la cinta se acerca peligrosamente a la ridiculización del movimiento feminista y sus legitimas peticiones; el suplicio de Julia (Daniela López), sobre si debe asumirse como víctima o no —una onda muy similar a la de Cacería de Brujas (After the Hunt, 2025)—, va en contra de lo que el movimiento representa y de quiénes son realmente los responsables. Las imágenes que resultan de las vistosas coreografías, así como en Emilia Pérez, contribuyen a una exotización de una manifestación social que da la impresión de estar diseñada para gustar en el extranjero —cosa por la que la productora Fabula y los hermanos Larráin son constantemente señalados—. Lelio, definitivamente, es mejor que esto.
La Ola está disponible en Netflix.









