Suele decirse que lo que cuenta es lo de adentro, pero eso no aplica del todo en el brutal universo de La Hermanastra Fea (Den Stygge Stesøsteren, 2025), ni en el nuestro a decir verdad. La belleza es dolor, pero en una sociedad que “recompensa” a quienes están dispuestas a tratar de alcanzar los estándares imposibles, el sacrificio quizá valga la pena, ¿o no? En su ópera prima, Emilie Blichfeldt no inventa el hilo negro ni nada por el estilo en cuanto a su crítica social y los señalamientos que hace acerca del suplicio que conlleva ser mujer en un mundo creado por los hombres para sí mismos; sin embargo, la manera que encontró de hacerlo, en clave de un grotesco e incómodo anticuento de hadas, es lo que dota de frescura a una obra que coquetea constantemente con el body horror y la fantasía oscura.
La cinta, por supuesto, toma el cuento de La Cenicienta, de los hermanos Grimm, y le añade un toque satírico y todavía más oscuro. Reinstaurando los detalles inquietantes del material original, omitidos por obvias razones por las versiones de Disney y sus derivados que han habitado en el cine y la televisión durante la última época, Blichfeldt encuentra en uno de los personajes secundarios una historia muy relevante para una época en la que las apariencias lo son todo. Con Elvira (Lea Myren), la directora hace un comentario sobre cómo la sociedad patriarcal convierte en armas a las mujeres para que compitan entre ellas, para que solo las más bonitas puedan llegar a lo más alto. Este es el perturbador y desconsolador relato de una joven obsesionada con lo superficial para ser aceptada y cumplir así un sueño impuesto.

Blichfeldt se mueve entre la comedia negra, el terror y la fantasía para construir su retorcido relato, que ve a Elvira llevar al extremo su deseo de ser bella para ser favorecida por el príncipe —y de paso aliviar económicamente a su familia, encabezada por su codiciosa madre (Ane Dahl Torp)—. El funcionamiento de la película recuerda inegablemente a La Sustancia (The Substance, 2024) —y a la Tideland (2005), de Terry Gilliam, por su improbable mezcla de conceptos y tonos—, tanto en fondo como en forma. Blichfeldt y Coralie Fargeat apuntan el dedo hacia el machismo opresivo y la manera en que moldea a las mujeres para complacer a todos menos a ellas. Ambas se valen de lo estrafalario y lo repugnante para llevar al límite al espectador; el cuento con moraleja se transforma en un reflejo satírico pero ciertamente preocupante sobre lo que implica hacer que el exterior encaje con el interior. Sangre, semen, saliva y otros fluidos convergen en una experiencia tan entretenida como desoladora.
La Hermanastra Fea abraza su ambientación de época con gran compromiso; el diseño de producción y de vestuario nos transportan a un mundo de fantasía que se encuentra podrido por dentro. La fotografía de Marcel Zyskind y sus edulcorados filtros contribuyen a esa sensación de que estamos inmersos en un cuento de hadas, mientras que la música electrónica de Vilde Tuv proyecta una anacronía que enlaza un puente al aquí y al ahora. Las tiernas melodías, además, suponen un irónico contraste con lo que vemos en pantalla regularmente: pestañas postizas siendo cosidas en la piel; penetraciones anales —porque mantenerse virgen resulta imperativo— y misteriosos organismos usados como el Ozempic de ahora. Los ingredientes de Blichfeldt son tan desagradables como efectivos.

La Hermanastra Fea se une a títulos como El Demonio Neón (The Neon Demon, 2016), El Cisne Negro (Black Swan, 2010) y Pearl (2022) en su representación de un sueño femenino convertido en pesadilla a causa de las inmisericordes imposiciones sociales. Blichfeldt, con pocos diálogos y optando en gran parte por lo visual, lleva a su protagonista en un doloroso viaje de transformación física, el cual, sin duda alguna, resuena más allá de la pantalla. Pero ella no es la única que sufre, pues la misma Cenicienta de esta historia es sometida a una serie de pruebas que nada tienen que ver con su belleza física. En un mundo en el que las mujeres deben enfrentarse sí o sí entre ellas, la sororidad emerge como la última esperanza, y es ahí donde entra la otra hermana en cuestión, Alma (Flo Fagerli), la prueba de que la empatía, la individualidad y la autenticidad son lo verdaderamente valioso.









