“¿Qué tuvo que hacer una chiquilla para andar así?”, le pregunta una mujer a la joven Emilia (Andrea Aldana) en La Arriera (2024); “Querer nomás”, le responde con un aire de libertad femenina ciertamente inusitado para el México posrrevolucionario. Ganadora de dos premios Mezcal a Mejor Dirección y Mejor Fotografía en la edición 2024 del Festival de Cine de Guadalajara, la cinta concentra varias de las cosas que queremos ver en el cine mexicano: diversidad, representaciones del imaginario que conforma nuestra cultura y un nivel técnico importante. La directora y escritora Isabel Cristina Fregoso nos transporta al Jalisco de los años 30 para explorar los roles de género de la época y construir una historia de liberación sexual y social a través de la experiencia de una adolescente en busca de su lugar en un mundo que claramente no pretende ofrecérselo.
Filmada en la frondosa y maravillosa sierra jalisciense, captada de forma vibrante y casi onírica por el ojo de María Sarasvati Herrera, La Arriera se presenta como un drama de época que poco a poco se transforma en un coming-of-age alimentado por los deseos y el fulgor de una jovencita que, embarcándose en una aventura para descubrir sus orígenes, termina por encontrarse a ella misma. Fregoso y el coguionista Alfonso Suárez apelan a la represión del patriarcado tan distintiva de aquellos tiempos para empoderar a su protagonista e impulsarla a abrazar quien realmente es. He aquí una propuesta de cine queer que enaltece una causa feminista que lleva en pie lucha mucho tiempo.

Además del viaje de Emilia, la cinta retrata con pasión la vida rural y, por supuesto, el concepto del arriero, persona dedicada al transporte de mercancías por medio de mulas o caballos. La travesía se convierte en una exploración de este rincón de la cultura mexicana, los valores que la soportan y, claro, algunos cánones que limitaban o limitan, en este caso, el papel de la mujer en las actividades que funcionan como base de toda una comunidad o una sociedad. Fregoso y Suárez hacen de su protagonista una especie de afrenta a un modo de vida regido por la miopía machista y las imposiciones de género, que también afectan a los hombres, principalmente a los jóvenes, como es el caso de Martín (Luis Vegas), el hermanastro, presionado al límite por un papá estricto.
Pero hay que admitir que el filme enfrenta algunos problemas narrativos que no consigue sortear. En el segundo acto, por ejemplo, la trama se ve estancada en cierta medida; el viaje de Emilia se presenta a modo de viñetas en las que aparecen distintos personajes con los que interactúa. Los aportes de cada uno son interesantes, sobre todo el de un arriero llamado Secundino (Waldo Facco), cuya intervención existencial es uno de los puntos más altos de la película. El problema es que la conexión entre estos segmentos no se siente suficientemente orgánica, sin mencionar que la cuestión de la búsqueda de sus orígenes queda a la deriva. La resolución, finalmente, tampoco es tan convincente, pues su construcción es acelerada y algo torpe.

De cualquier manera, La Arriera acierta al tomarse libertades históricas y representar un sentimiento contemporáneo en una época distinta. Con un diseño de producción y de vestuario sumamente destacado, actuaciones decentes y una verdadera intención por aprovechar la belleza, las costumbres y la idiosincrasia de una comunidad entera, el filme se siente como un verdadoro respiro en el campo. Tomando elementos de obras que van desde Mulán (Mulan, 1998) hasta Retrato de una Mujer en Llamas (Portrait de la Jeune Fille en Feu, 2019), la cinta, a pesar de sus tropiezos, ofrece un vistazo a un cine posible lejos de los contextos ordinarios y de la centralización cultural.









