Pixar ha vivido una década de altos y bajos. Sus mejores películas de la década hasta ahora fueron relegadas a Disney+, sin mencionar que la injerencia corporativa parece dictar la línea de sus historias hoy en día. Y con secuelas de sus títulos más queridos a la orden del día, su época de gloria se siente como un recuerdo lejano. Hoppers: Operación Castor (Hoppers, 2026) quizá no sea la película que necesitaba para recuperar el trono que perdió en los últimos tiempos, pero al menos se percibe en ella una intención de redescubrir aquello que lo consagró hace tantos años. Si bien nos topamos con un concepto que resulta muy familiar y una trama que ya conocemos, son los pequeños detalles y algunas situaciones tan inesperadas como estrambóticas las que hacen de esta entrega una más completa que sus esfuerzos más recientes.
Lo primero que llama la atención de ella es el concepto muy Avatar que despliega: unas científicas han desarrollado una tecnología para transmitir la consciencia humana a seres artificiales, lo cual la joven ambientalista Mabel aprovecha para hacerse pasar por un castor e internarse en la comunidad animal de su localidad para tratar de salvar un espacio natural amenazado por las obras del alcalde Generazzo. Esta dinámica de intercambio de cuerpos da como resultado una serie de hilarantes situaciones que llevan a la protagonista no solo a conocer más sobre el reino animal, sino también acerca del orden natural, que alberga sus trágicos secretos. Pero Hoppers toma prestado un poco más de lo esperado, pues la trama se desenvuelve, básicamente, igual que las películas de aquella franquicia: una forastera en cuerpo ajeno descubre cómo es realmente la vida de los oprimidos, y eventualmente se ve involucrada en un conflicto entre especies. “¡Esto, definitivamente, no es como Avatar!”, exclama una de las científicas, pero, como la misma Mabel dice, sí que es como Avatar.

La historia, por suerte, mete por aquí y por allá varios elementos que le dan una identidad propia a Hoppers. Destaca, por ejemplo, una loquísima persecución en auto en la que participan animales secuestradores, un humano y un ser adicional que no valdría la pena arruinar. Los personajes que Mabel va conociendo también se van poniendo cada vez más disparatados. Una de las integrantes del Concejo Animal, y una de las villanas de la película, nos regala una de las escenas más sorpresivas y graciosas —la reacción de la sala en este instante es casi general—. Luego, otro de los antagonistas lleva las cosas a un terreno todavía más desatado. Al final, todo se acomoda al statu quo de Disney, pero cada decisión trillada en cuanto a la narrativa es compensada con un toque de locura. Esa delicada línea entre lo convencional y lo ridículo es lo que hace sentir Hoppers como un ejercicio fresco y reconocible por igual.

El relato ambientado en el mundo animal permite al estudio volver a trabajar con diseños de animales después de mucho tiempo. Uno de los aspectos mejor logrados en esta ocasión es la forma en que se alterna de punto de vista: cuando un humano lo tiene, los animales en escena adquieren unos ojos inexpresivos y diminutos; pero cuando uno de estos últimos lo adquiere, sus ojos, claro, toman la expresividad requerida para lograr conexión con la audiencia. Esto, además, sostiene el discurso de la cinta alrededor del vínculo entre humanos y animales. Y, bueno, tener a castores como protagonistas también representa un acierto, pues se trata de un roedor que pocas veces hemos visto de esta manera en pantalla. Si bien Hoppers no llega al nivel de emotividad de Robot Salvaje (The Wild Robot, 2024) —que enarbola un mensaje más profundo sobre el cuidado del medio ambiente y su relación con la tecnología—, nos da esperanzas de un mejor futuro para Pixar, siempre y cuando las intromisiones externas lo dejen trabajar en paz.










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