El capitalismo muestra sus colmillos en Harvest (2024), la nueva película de Athina Rachel Tsangari, basada en la novela del mismo nombre, de Jim Crace. El progreso que prometía/promete este modelo económico causa estragos en una pequeña aldea sin nombre y tiempo definidos. La paranoia, el recelo y, eventualmente, la ira se apoderan de unos pobladores cuya existencia es puesta en peligro tras las duras y poco redituables para ellos imposiciones de un inmisericorde patrón y terrateniente. Con su nueva obra, la cineasta griega se asoma al caos derivado del choque de dos sistemas en los que, por supuesto, los que están hasta abajo son los que salen perdiendo. Manteniendo un tono profundamente misterioso y casi profano, la cinta recoge ciertos elementos del folk horror para mostrar la desintegración sistemática de una comunidad entera.
Tsangari nos adentra en esta aldea justo en un momento de crisis: un incendio provocado parece ser culpa de unos extranjeros recién llegados, por lo que no tardan en casi ser linchados. Los chivos expiatorios salen a relucir; tanto el feudalismo que rige a los habitantes como el capitalismo que está por desplazarlos demandan culpables; todos menos el sistema. Así, la historia poco a poco nos muestra los cambios que tienen lugar, desde la llegada de un cartógrafo (Arinzé Kene) para hacer un mapa del lugar —y así, finalmente, nombrar las cosas para que alguien se apodere de ellas— hasta el arribo del terrateniente (Frank Dillane), que no tarda en ordenar recortes y la preparación del terreno para la siguiente era. La voracidad del capitalismo y lo injusto del feudalismo convergen para destruir el espíritu de un grupo de personas infectado, además, por la ignorancia y otros prejuicios sociales.

Harvest apela bastante a El Hombre de Mimbre (The Wicker Man, 1973); la fotografía de Sean Price Williams resulta determinante no solo para crear una atmósfera inquietante como la de aquel filme, sino que también contribuye a crear ese sentido de desorientación temporal que el relato proyecta de principio a fin. Y, claro, las imágenes que Williams arroja constantemente son de una misteriosa belleza. Por otro lado, los temas y las situaciones se pueden ligar a Lars von Trier, específicamente al universo que creó con Dogville (2003) y Manderlay (2005); los mundos de los habitantes de cada de una de estas ubicaciones se ve tambaleado con la llegada de un agente externo, haciendo que todos saquen a relucir su verdadera naturaleza. A las anteriores, además, las une el comentario sociopolítico agudo.
Si bien es cierto que el desarrollo de personaje es limitado, y que la trama parece divagar y estancarse en algunos pasajes de sus más de dos horas, Harvest —nominada al León de Oro en el Festival de Venecia— se alimenta de ambigüedades, una contenida pero intrigante actuación del siempre cumplidor Caleb Landry Jones —lo más cercano a un protagonista en la cinta— y una afinidad visual con la obra de Terrence Malick para señalar los orígenes xenofóbicos, racistas, violentos y patriarcales del capitalismo. Con esta película, Tsangari nos recuerda que el sistema está diseñado para que la base de la pirámide siempre sepa cuál es su lugar; golpearse la cabeza en la pared como un cruel recordatorio de ello.
Harvest está disponible en MUBI.









