Crítica – Fue Solo un Accidente: una obra maestra sobre la rabia del trauma

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“Dios lo puso en el camino por alguna razón”, menciona la esposa de Eghbal (Afssaneh Najmabadi) cuando en la apertura de Fue Solo un Accidente (Ek Tasadof-e Sadeh, 2025) atropellan a un perro. De esta frase, que hace referencia a una casi divina coincidencia, parte una de las películas fundamentales del año. Jafar Panahi, aclamado director ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, y recientemente sentenciado a prisión en su país, filmó en secreto una aparentemente simple pero potentísima historia sobre el trauma y la imposibilidad de escapar de él. En ella, el iraní reflexiona sobre las consecuencias del ojo por ojo y el interminable ciclo de violencia que condena a la humanidad a su destrucción moral. Visceral, relevante y hasta con un inesperado toque de comedia en forma de ironía y absurdos, la cinta emerge instantáneamente como pieza clave del cine iraní contemporáneo y como otra radiografía de la dinámica social de una sociedad asediada en todos los frentes.

La película se toma su tiempo para crear una vibra de desconcierto y posteriormente delinear su premisa: Vahid (Vahid Mobasseri), un mecánico del taller al que Eghbal y su familia acuden para atender el desperfecto del auto ocasionado por el incidente en la carretera, inmeditamente lo reconoce —por el sonido que hace su pierna prostética— como el tipo que lo torturó cuando estuvo en prisión. Como en Bugonia (2025), Panahi mantiene al espectador en una constante duda sobre la verdadera identidad del sujeto, sumiendo a todos los involucrados en una crisis moral alrededor de lo que Vahid está dispuesto a hacer para aliviar su dolor. Y decimos todos porque a su empresa se van uniendo otras posibles víctimas de Eghbal. Pero ¿están en una cruzada de justicia o de venganza? La línea es difusa, pero el trauma es real, tanto que la influencia del neorrealismo italiano se siente en cada cuadro.

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Imagen: Jafar Panahi Productions, Les Films Pelléas, Bidibul Productions, Pio & Co, Arte France Cinéma

Fue Solo un Accidente dialoga directamente con La Semilla del Fruto Sagrado (Dāne-ye Anjīr-e ma’ābed, 2024), cinta filmada igualmente en secreto por Mohammad Rasoulof en la que no solo señala los métodos del régimen para lidiar con la disidencia, sino también la manera en que el sistema se infiltra en la esencia del individuo para controlarlo a través de supuestas convicciones. Panahi pondera al respecto a través de la intensa conversación que sostienen Hamid (Mohammad Ali Elyasmehr) y Shiva (Mariam Afshari), dos de las personas que se unen a la misión de Vahid. Mientras que el primero sostiene que Eghbal es malvado por naturaleza, Shiva piensa que solo es un peón más de un sistema que lo ha devorado ideológicamente. La tensión se acumula, y el conflicto moral se agudiza.

Panahi, además, nos regala en el tercer acto una de las secuencias más memorables de los últimos años. Con una toma fija y sin cortes que dura más o menos 15 minutos, el iraní desnuda por completo a sus personajes y deja al descubierto sentimientos que van desde la rabia hasta la lástima. La crisis moral de los protagonistas llega a un punto de quiebre que tira las máscaras y que confronta al espectador con la cruda verdad, y a Vahid y Shiva con el mismo origen de su trauma. Estos momentos se incrustan en la piel gracias a la tremenda dirección de Panahi, los diálogos que parecen salir del alma y las convincentes y naturalistas actuaciones del elenco. Y si a eso agregamos lo que ocurre después, un oscuro final que alude a la inevitable sombra del dolor, nos queda una completa obra maestra.

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Imagen: Jafar Panahi Productions, Les Films Pelléas, Bidibul Productions, Pio & Co, Arte France Cinéma

Fue Solo un Accidente, por si fuera poco, alberga una inesperada pero efectiva dosis de comedia. La conformación del grupo de Vahid, que incluye a dos novios con su traje y vestido puestos, no puede ser más aleatoria. Una escena, en la que la van en que viajan se detiene y tienen que bajarse a empujar, hace referencia a una suerte de absurdo, así como lo es desafiar a los brazos de inteligencia del régimen. Con esta obra, Panahi vuelve a hacer otra declaración política, pero también nos recuerda que hay espacio para la reconciliación, no con los tiranos, sino con uno mismo. La violencia para castigar la violencia solo llevará a más violencia. ¿Realmente vale la pena enterrar los ideales propios con tal de satisfacer un deseo de venganza, o es mejor cobrarla y aprender a vivir con el remordimiento? He ahí el dilema, aunque, después de todo, parece que ganar es imposible.

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