El Beso de la Mujer Araña (Kiss of the Spider Woman, 2025) es una adaptación de la obra musical de 1992, que a su vez se basó en la novela homónima de Manuel Puig, que llegó al cine por primera vez en 1985. La descripción parece una telaraña, pero resulta importante conocer la red alrededor de la película en cuestión, que con tantos tratamientos e ideas a través de los años, la historia muestra ahora una confusión evidente en pantalla sobre el qué y cómo lo quiere presentar. Si bien no estamos ante un estrepitoso desastre como el de aquel musical francés que hizo enojar a todo el mundo, esta cinta, que tanto pregona la magia del cine y su carácter salvador, poco se acerca a lo que podría definirse como una odisea cinematográfica y emocional.
La cinta, por supuesto, se compromete con la metarranativa. Bill Condon —un tipo con gran experiencia en musicales en Hollywood— nos adentra en una prisión en la época de la Dictadura Argentina, donde dos presos, Luis (Tonatituh), un hombre gay, y Valentín (Diego Luna), un disidente político, comparten una celda mientras aguardan su destino. Aunque al principio irritado por su presencia, Valentín permite que Luis le cuente su película favorita: El Beso de la Mujer Araña, la cual se nos presenta como un musical en Technicolor de antaño interpretado por ellos mismos y por Jennifer Lopez. Condon, entonces, se enfrenta al reto de lograr que estos dos mundos dialoguen narrativa y visualmente, lo cual rara vez consigue a causa, principalmente, de sets y ambientaciones que hacen todo menos envolvernos ya sea en la fantasía escapista o en la desolación del encierro.

La cinta tampoco indaga lo suficiente en el trasfondo político, que queda en un lejano segundo plano y es representado caricaturescamente en las mentiras y la violencia del director de la prisión (Bruno Bichir). Aunque no hay una insensibilidad como la de Emilia Pérez (2024), sí que es inquietante darse cuenta de que el sufrimiento de una nación se ve simplificado así sin más. Y, bueno, siempre es molesto que actores de otros países tengan que actuar en inglés con un acento de otro sitio —Evita (1996) más o menos engloba todo lo anterior—. En las interpretaciones, de hecho, ocurre algo extraño. Por un lado, Tonatiuh se convierte en el más agradable descubrimiento; aunque recurre mucho a la sobreactuación, su carisma y presencia llaman la atención. Por otro lado, Luna parece estar atrapado todavía en su personaje de Andor (2022-2025), sin mencionar que cantar, definitivamente, no es lo suyo. Finalmente, Lopez —con una participación más simbólica que otra cosa— está genial cuando debe cantar o bailar; la cámara no le ayuda del todo con constantes tomas abiertas, pero la estadounidense no decepciona haciendo gala del control que tiene sobre su cuerpo.

A pesar de la buena química que tienen Luna y Tonatiuh, El Beso de la Mujer Araña está lejos de proyectar un genuino sentimiento de conexión como el desplegado en la magistral La Gran Libertad (Große Freiheit, 2021), que desnuda por completo a un par de hombres involucrados en una situación muy similar. Y, claro, la versión de Héctor Babenco también muestra una profundidad psicológica que Condon solo consigue rasguñar. Extendiéndose más de la cuenta, con números musicales que suelen sentirse como un cascarón vacío —que da la impresión de ser teatro filmado—, algunas canciones poco inspiradas y no mucho interés en explorar a sus protagonistas más allá de los estereotipos —por más que se le critique, Luca Guadagino trascendió este problema con su adaptación de Queer (2024)—, la película realmente no captura lo que significa soñar con el cine.









