El Agente Secreto (O Agente Secreto, 2025) abre con Armando (Wagner Moura) llegando a una gasolinera en medio de la nada. Un cadáver yace cerca con un cartón encima. El encargado le explica lo que pasó: “Si me voy, pierdo mi trabajo. Si permanezco aquí, me quedo con la carne podrida”, se lamenta con cierta ironía. Inmediatamente después, llega la policía, pero no para hacerse cargo de lo ocurrido, sino para catear a Armando y, al no encontrarle nada ilegal, extorsionarlo. Este consigue calmar al uniformado con unos cigarros y, finalmente, lo deja ir. Armando sigue su camino hacia Recife, donde lo espera lo que queda de su familia. El genial prólogo de la aclamada película de Kleber Mendonça Filho no solo contextualiza brillantemente la vida bajo la dictadura militar en el Brasil de los 70, sino que también refleja esa extrañeza tan peculiar que define la experiencia de habitar en Latinoamérica.
La nominada al Óscar y múltiple ganadora en el Festival de Cannes —cuatro premios en total no es algo que se vea siempre— representa una culminación temática para el cineasta brasileño, quien convierte este inclasificable relato en un trabajo muy personal. Ya en Aquarius (2016) mostraba un interés particular por la relación entre los individuos y los espacios que reclaman como suyos. En Bacurau (2019) plasmó su fascinación por la serie B con un western surreal de notable carga política. Luego, con su documental Retratos Fantasmas (2023), hizo su propia carta de amor al cine, visitando los complejos que marcaron su juventud en Recife, transformados ahora en otros negocios o lugares. Todo esto, básicamente, construye su obra maestra: un thriller político neo noir con toques de comedia negra, misterio y drama familiar que despliega varias subtramas que incluyen cada una de estas filias —hay algo tarantinesco en todo esto—. La mezcla de géneros suena a película desbordada; milagrosamente, Mendonça Filho logra que funcione de principio a fin.

El Agente Secreto, así como Aún Estoy Aquí (Ainda Estou Aqui , 2024), se refiere a la memoria histórica como una necesidad absoluta para entender lo que pasa hoy. El guion se las ingenia para manejar tres líneas temporales, las cuales convergen en la inquietante máxima del fascismo centrada en sepultar la verdad en beneficio de su propia narrativa. El director echa mano de varios recursos y situaciones para conseguir que su thriller político no quede encerrado en su definición, pero al mismo tiempo señala las brutales prácticas del Estado. Hay, por ejemplo, varios segmentos dedicados a la historia de una pierna peluda que aterroriza a los lugareños; los hechos aparecen en los periódicos como noticias, cosa que ataca de risa a Armando y a sus compañeros refugiados, que entienden la siniestra conexión que hay con los desaparecidos y la imposibilidad de sacarlos a la luz —lo anterior inspirado en un periodista que inventó la leyenda urbana para poder hablar en código acerca de los abusos militares y policiacos—. Por supuesto, Mendonça Filho se da un festín filmando estas escenas como un slasher y subvirtiendo las expectativas de los espectadores.
La cinta nos regala una variedad de memorables personajes, tan peculiares como dolorosamente familiares. Moura, por supuesto, ofrece la mejor actuación de su carrera hasta ahora como un profesor obligado a desaparecer del mapa cuando un empresario alineado con la dictadura desea acabar con él. Su regreso a Recife, años después, lo ve convivir con otros que se encuentran en una situación similar, con policías corruptos, sus suegros y otros excéntricos personajes. Quizá la que más se queda en la memoria del espectador es Dona Sebastiana (Tânia Maria), la anciana sin filtro que le da a Armando una nueva oportunidad y que funge como una especie de madre adoptiva para los perseguidos. Están también Hans (Udo Kier en su papel final), un sobreviviente del Holocausto acosado por la policía, y el Sr. Alexandre (Carlos Francisco), padre de su difunta esposa y proyeccionista del Cinema São Luiz, con el que Mendonça Filho rinde un homenaje a uno de los protagonistas de su documental.

El Agente Secreto destila una pasión por el cine que trasciende su propia naturaleza —el clásico Tiburón (Jaws, 1975) es un elemento recurrente y simbólico asociado con el miedo—. Queda claro que esta es la película que el crítico de cine convertido en cineasta siempre quiso hacer: un relato con notables implicaciones personales que alude a un momento de convulsión en su país, pero que se niega a caer en obviedades y lugares comunes. Cuando inesperadamente escuchamos a alguien como Wim Wenders declar que “el cine debe ser apolítico”, uno inmeditamente piensa en Leviatán (Leviafan, 2014) y la opresión que el Estado y la Iglesia ejercen en el individuo; en Fue Solo un Accidente (Yek Tasādof-e Sāde, 2025) y la persecusión en contra de Jafar Panahi; y en el filme en cuestión, que no necesita incluso referirse al gobierno para dejar en claro su punto. Este es uno de los raros ejercicios en los que el director se vuelve absoluto protagonista de su obra, pero sin una pizca de egocentrismo de por medio.
Al final, con la subtrama sobre Flavia (Laura Lufési), una joven periodista que pretende sacar a la luz el caso de Armando, Mendonça Filho establece una ingeniosa metáfora entre la labor de esta y el sitio donde ahora trabaja el hijo del protagonista —que no sabe realmente mucho acerca de su padre—: un hospital que antes era un cine. La importancia de la memoria histórica, entonces, no puede ser desestimada. Este es el granito arena de un cineasta en estado de gracia.









