Genndy Tartakovsky es un icono de la animación mainstream. Durante nuestra infancia/adolescencia nos dio El Laboratorio de Dexter (1996-1998, 2001-2003) y Samurai Jack (2001-2004, 2017), y no hace mucho entregó la excelente y violenta Primal (2019- ). En suma, el tipo sabe moverse entre la animación para niños y para adultos. Pero uno de los proyectos que más han estado presentes en su vida es Despelote (Fixed, 2025) —concebida desde principios de la década pasada—, que responde a la pregunta: ¿qué pasaría si un perro se enterase de que está a punto ser esterilizado? Animada por Sony Pictures Animation, la cinta fue desechada por Warner Bros. posteriormente, y ahora queda claro por qué tras su estreno en Netflix. Se trata, sin duda alguna, de uno de los peores trabajos del famoso animador: una colección de chistes obscenos que parecen escritos por un adolescente que acaba de descubrir lo que significa “pene” y “vagina”.
La película presenta a Bull y sus irreverentes amigos caninos. Cuando el primero descubre que lo van a esterilizar, es convencido de salir de parranda una última vez. El concepto, ya de por sí… peculiar, es ejecutado de la manera más extraña posible, arrojando momentos clasificación C solamente porque sí, desde perros apareándose como humanos hasta escenas realmente subidas de tono que prácticamente podrían definirse como violación, aunque en el mundo canino. Está claro que Tartakovsky apuntaba a hacer algo parecido a La Fiesta de las Salchichas (Sausage Party, 2016) con el espíritu de Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show, 1991 – 1996); sin embargo, a excepción de uno o dos chistes, el resultado está lejos de ser gracioso; la incomodidad que provoca no es particularmente gratificante.

Aunado a ello, el diseño de los personajes es terrible. Apelando también a lo grotesco de Ren y Stimpy y al absurdismo de La Vaca y el Pollito (Cow & Chicken, 1997-1999), Tartakovsky y su equipo crean unos perros físicamente horribles; pero, a diferencia de estas series noveleras, los protagonistas no dejan impresión duradera alguna; y si a eso agregamos personalidades molestas o genéricas, simplemente resulta imposible comprometerse con su vulgar existencia por 80 y tantos minutos. La animación 2D, medio en el que Tartakovsky se ha desenvuelto casi todo el tiempo, no luce en absoluto; es como su estuviéramos viendo un mal capítulo alargado para adultos de Dos Perros Tontos (Two Stupid Dogs, 1993-1995). Y tampoco podemos pasar por alto una subtrama sumamente ofensiva con un perro ¿trans? que pasa absolutamente como transfóbica.
Despelote incluso intenta inútilmente incorporar ciertas alusiones a los estándares imposibles impuestos por la sociedad y hasta una ridícula historia de amor; al final, lo único que logra es una comedia escatológica de secundaria y una fijación por hacer un retrato del acercamiento más primitivo al sexo a través de un concepto estrambótico desarrollado vergonzosamente. Creada más como una serie de memes, la cinta se extiende bastante más de la cuenta con una trama que no va hacia ningún lado, y que se empeña en entregar el chiste para adultos más rancio posible una y otra vez. Es una pena que Tartakovsky —quien parecía entender que la animación para adultos no tiene que ser vulgar simplemente porque sí— esté detrás de este ejercicio tan barato y poco gracioso. Lo único rescatable, quizá, es el trabajo de doblaje, que trata de darle algo de personalidad a lo insalvable.
Despelote está disponible en Netflix.









