“¿Demasiado real para ti?”, dice Grian Chatten mientras suena “Too Real”, de Fontaines D.C., acompañando el viaje en monopatín de Bailey (Nykiya Adams) y su papá Bug (Barry Keoghan) por una realidad que, efectivamente, quizá sea más real de lo que hubiéramos imaginado. En su nueva película, la aclamada Andrea Arnold se entrega de lleno nuevamente al realismo social para adentrarnos en la Inglaterra profunda con un duro golpe de realidad y un grupo de personajes intentando transformar la que viven. Bird: Emprender el Vuelo (Bird, 2024) es una propuesta hiperrealista con el distintivo acercamiento documental de la realizadora que, entre la decadencia que retrata, ofrece un rayo de esperanza recordándonos que la vida no siempre está vacía.
Arnold hace de su nueva obra un claro coming-of-age. A través del día a día de Bailey —Adams es toda una revelación actoral—, una jovencita que vive con su papá, sus otros hijos y la nueva novia de este en un edificio abandonado, así como muchos otros cuya realidad también se ha forjado en los márgenes de una de las sociedades aparentemente más prósperas del mundo. La directora encuentra en este espacio la oportunidad de construir una historia sobre familias rotas en las que uno de sus integrantes guarda celosamente los pedazos esperando el momento ideal para volver a pegarlos. Pero más importante, esta es una película acerca de reconfigurar la realidad y ese deseo casi mágico de tratar de alterarla para encontrar aunque sea un poco de felicidad.

Arnold recupera bastante de la grandiosa Fish Tank (2009), aunque en esta ocasión introduce una serie de elementos fantásticos que dan como resultado una peculiar combinación de neorrealismo con realismo mágico. Esto queda representado, principalmente, en el personaje de Franz Rogowski, un ser que se aparece de la nada en la vida de Bailey pidiendo ayuda para encontrar a su familia perdida. La niña, lidiando con sus propios problemas, pone manos a la obra casi como en un cuento de hadas; la travesía prueba ser brutal en varios sentidos, pues Arnold incorpora en la trama violencia doméstica, embarazos no deseados, pérdidas y abandonos. El golpe de realidad es contundente.
Pero como constantemente nos recuerda “The Universal”, canción de Blur a la que Arnold recurre constantemente en la cinta, “realmente podría ocurrir”. El viaje de maduración no solo es el de Bailey, sino también el de su medio hermano Hunter (Jason Buda), el del mismo Bird y hasta del desobligado Bug, que entre la pobreza de la que no pueden escapar hallan la manera de estar juntos. “No te preocupes”, le dice Bird a su nueva amiga; su naturaleza casi sobrenatural representa un bálsamo para una chiquilla que ve con anhelo a los pájaros volando por los cielos y que graba momentos importantes, y otros no tanto, esperando cambiar su realidad por medio de la pantalla. La sensibilidad de Arnold nos regala personajes entrañables, humanos y, claro, reales.

Bird es una película que se enorgullece de ser británica, pero no a un nivel patriótico, sino más bien por su cultura y la gente trabajadora que la define: las locaciones, los temas de rock, los cameos de algunos músicos… La cinta de Arnold podría definirse como si una de Ken Loach se transformara mágicamente en una fábula. El toque de esperanza latente emana una generosidad encomiable y un inesperado sentimiento de paz. Se trata de un filme honesto, simbólico y enigmático en cuya reconciliación con uno mismo —la parte más fuerte y la más vulnerable— encontramos un mensaje de ilusión. Después de todo, la realidad no está sobrevalorada.









