En Amélie y los Secretos de la Lluvia (Amélie et la Métaphysique des Tubes, 2025), la pequeña niña belga Amélie, cuyos padres viven en Japón, se considera una diosa; todo parece estar supeditado a su existencia, aunque no sea realmente así. Nacida supuestamente como un vegetal, no es hasta los 2 años que finalmente habla —muy elocuentemente— y se mueve. Pero antes, solo observa, come y defeca. Simplemente existe. Basada en la novela autobiográfica Metafísica de los Tubos, de Amélie Nothomb, la película francesa nominada al Óscar convierte los primeros años de vida de un humano en una experiencia casi divina. Desde el punto de vista de una niña que se rehúsa a sentir y vivir la condición humana hasta que logre comprender el sentido de la existencia, la cinta engloba brillantemente, y con profunda emoción, lo que significa asimilar el mundo y adoptar una identidad.
Maïlys Vallade y Liane-Cho Han dirigen una bellísima película que transforma una experiencia de vida particular en una vibrante trama que explora desde un lugar muy estimulante la autoconsciencia, el lenguaje y la abstracción. Amélie vive en el Japón de posguerra debido a que su papá es un diplomático de Bélgica que trabaja en el país. El relato es en buena parte narrado por la misma protagonista, cuya voz trasciende su persona y hasta el fo y el espacio. Vallade y Han se toman muy en serio el aspecto metafísico de la historia de Nothomb; la asimilación de la realidad para Amélie se vuelve una aventura ontológica que le permite acercarse a vivencias y situaciones poco comprensibles para su edad, que en pantalla son representadas astutamente para hacerlas accesibles. En una secuencia, por ejemplo, su niñera, Nishio, le cuenta lo que vivió durante la Segunda Guerra Mundial; sus palabras son ilustradas por los alimentos que prepara simultáneamente, que no tardan en evocar los bombardeos, las explosiones y la muerte.

Y es precisamente la relación que forman Amélie y Nishio el corazón de una película que no teme explorar la memoria histórica y el resentimiento reprimido de una nación tras la mayor agresión que ha visto el mundo —la sanación de las heridas que emana de un niño adquiere un significado relevante—. Esta conexión ofrece un vistazo a la desolación emanada de la guerra —Nishio perdió a su familia en aquella época— y al rechazo, específicamente de una vecina anciana que simplemente no puede superar la rabia que le provoca tener extranjeros cerca. Todo esto resulta confuso para la protagonista, pero Vallade y Han llevan esta frustración hacia un terreno de iluminación con varias maravillosas secuencias que unen la vida con la muerte; la armonía con el caos. El lazo entre una mujer afligida y una niñita curiosa arroja una visión de la existencia llena de matices que hacen de este título una reflexión acerca de la maduración y la asimilación del dolor.

Amélie y los Secretos de la Lluvia, además, deslumbra con una animación digital cuyos colores dotan de cierta vida a elementos inanimados. El estilo impresionista capta poderosamente la atención y nos sumerge en el realismo mágico que rodea a Amélie. La película, así como Arco (2025), recuerda a Studio Ghibli no solo por su ambientación oriental, sino también por lo cálido de sus personajes y el diseño de estos. Afortunadamente, Vallade y Han evitan caer en lo derivativo haciendo de su obra algo así como la Flow (2024) de este año.
Entender la muerte y los recuerdos resulta una tarea un tanto complicada para infantes; por ello, la película fija su discurso alrededor de la importancia de nombrar los objetos para saber que existen. “Lo ves todo, pero no entiendes nada”, exclama Amélie, poniendo finalmente en entredicho su creencia de que es un dios. Al final, sus experiencias, el afecto genuino, el trato igualitario que recibe de su tierna abuela y de Nishio, y el conflicto referente a su identidad bicultural le hacen ver que su supuesta naturaleza divina era una ilusión. Siempre ha sido y será una humana.









