Jurassic World es una de esas franquicias que, como sus milenarios protagonistas, debería permanecer extinta. Seis intentos tras la original han demostrado que resulta imposible replicar la magia de la original, con la que Steven Spielberg revolucionó el blockbuster una vez más. Por supuesto, los millones en taquilla siempre son irresistibles, y aquí estamos de nuevo, con la séptima entrega y posible principio de una nueva trilogía tan solo unos años después de Jurassic World: Dominio (Jurassic World: Dominion, 2022), posiblemente, el momento más bajo de la serie. Si bien Jurassic World: Renace (Jurassic World: Rebirth) es ligeramente mejor que, prácticamente, todas las cintas anteriores, su insistencia en replicar y un guion muy mediocre dejan en claro que este universo ya no tiene nada más que ofrecer que valga realmente la pena.
Resulta irónico que uno de los conceptos explorados inicialmente en esta película sea que a la gente ya no le interesan los dinosaurios. Es cierto que los espectadores se han volcado a las salas casi siempre que hay una secuela; sin embargo, el riesgo de caer en la saturación ahora sí es muy alto, sobre todo al darse cuenta de que el filme se dedica una y otra vez a recrear escenas o situaciones de los pasados, específicamente de Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993) y Parque Jurásico III (Jurassic Park III, 2001). Los momentos en los que Alan Grant y sus compañeros se encuentran por primera vez con los dinosaurios en el parque, cuando los niños se ocultan en la cocina de los velociraptors y cuando finalmente escapan de la isla emergen aquí nuevamente como pobres imitaciones. Ni siquiera las icónicas piezas de John Williams logran que proyecten ni la décima parte de las secuencias de antaño.

Nuevamente nos topamos con un grupo de exploradores y una familia ordinaria varada en otra isla secreta llena de peligrosas criaturas —muy al estilo de Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island, 2017)—. La sensación de repetición es constante. Aunado a ello, los personajes que el guionista David Koepp —que también trabajó en la original— nos presenta en esta ocasión son bastante olvidables, y las motivaciones detrás de ellos son sumamente básicas. Scarlett Johansson, como la gran protagonista, no puede valerse solamente con su presencia de superestrella, pues la mercenaria que solo quiere dinero a la que interpreta está lejos de tener algún tipo de impacto en el espectador. Y ni hablemos de Mahershala Ali, Manuel García-Rulfo —los acompañantes de su personaje, que brindan alivio cómico, no funcionan tanto, principalmente el novio, que es sumamente molesto— o Jonathan Bailey, que solamente son usados para crear nuevas versiones de los antiguos protagonistas. El desperdicio de talento es enorme.
Gareth Edwards, por otro lado, dirige decentemente las secuencias de acción, como quedó demostrado en Rogue One: Una Historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story) y Resistencia (The Creator, 2023). Destaca una en la que el papá (Rulfo) y sus hijos deben escapar de un tiranosaurio en una balsa. Emanado de la novela de Michael Crichton, pero nunca utilizado hasta ahora, el instante crea tensión absoluta. El encuentro con el mosasaruio, igualmente, es particularmente emocionante, e incluso evoca a Tiburón (Jaws, 1975). A diferencia de las secuencias que parecen copias, estas se sienten novedosas dentro del universo; el CGI muy bien logrado, además, contribuye a la inmersión. Y claro, la decisión de haber filmado con celuloide aporta una vibra clásica a esta aventura, aun cuando la narrativa no le acompaña la mayor parte del tiempo.

Jurassic World: Renace se deja llevar por lo predecible —fácilmente, podemos adivinar quién será el verdadero villano al final, con una corporación maligna más de por medio— y lo bobo —personajes que, gritando el nombre de otros que claramente ya no tienen oportunidad de sobrevivir, esperan salvarlos de alguna manera—. En su afán de refrescar las cosas, Universal, Edwards y Koepp echan mano de criaturas mutantes desfiguradas que rayan en lo ridículo. Haber orientado el tono un poco hacia el terror genera cierta atractivo, pero los diseños de estos monstruos no ayudan, ni la forma tan derivativa en la que son empleados. Después de todo, la alusión al desinterés en los dinosaurios parece acertada; quizá es momento de dejarlos extinguirse de nuevo de la pantalla, esperar a que se conviertan fósiles y revivirlos en el futuro con una idea fresca.









