Vivir con lo justo para mantenerse al día con las deudas, pagar los impuestos, atenerse a las infinitas disposiciones gubernamentales que prometen hacernos la vida un poco más difícil, ser parte de un sistema para el cual eres todo menos un ser humano. Este parecer ser el pan de cada día integrante de la clase trabajadora; cada persona que, sin importar que viva en el primer mundo, ve con temor venir cada principio de mes. En Yo, Daniel Blake, Ken Loach retrata la tragedia social vivida por millones y que deja al descubierto la incapacidad de un gobierno para poder realmente entender los problemas de sus ciudadanos. De cualquiera manera, esta no es una película sobre la pesadilla burocrática que resulta poder reclamar un derecho, sino de cómo mantener la dignidad ante la peor de las dificultades.
Yo, Daniel Blake y su poderoso discurso resultan en un alzamiento de la voz de los más desfavorecidos. La figura de Daniel es tan heroica como trágica y aunque le hayan despojado de sus pertenencias, su dinero y hasta sus mismos derechos, hay algo que las dependencias gubernamentales no le han podido quitar, “el amor propio” tal y como dice cuando se enfrenta a una gran decepción concerniente a Katie. Las escenas finales de la película contienen una notable desesperanza, pero también un contundente mensaje que humaniza los números sociales y los miles de casos como el suyo. Al darle el nombre de su obra al mismo protagonista, Loach y Laverty critican el hecho de que nos hemos convertido en meras cifras y que el gobierno simplemente se niega a escuchar a su gente que no pide más que lo que les corresponde.










