¡Nop! (Nope, 2022) y Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003) contestaron parcialmente a la pregunta que todos nos hemos hecho: ¿cómo se sentiría ser tragado por una enorme criatura? La Caída de la Ballena (Whalefall, 2026) lleva este temor al siguiente nivel y lo convierte en un largometraje. ¿Y quién mejor para protagonizar que Austin Abrams? Quien, con sus diversos papeles en los últimos dos años, ha adquirido experiencia al escapar de criminales, brujas y zombis. Brian Duffield, cuyo proyecto anterior —Nadie Podrá Salvarte (No One Will Save You, 2023)— también involucraba a una persona ordinaria que trata de sobrevivir a una vivencia extraordinaria, lleva el concepto a un lugar más claustrofóbico y, ciertamente, más emocionante. A pesar de introducir un conflicto familiar que no termina de cuajar por completo, la película cumple como un thriller de supervivencia que consigue aterrizar, en gran medida, una situación tan absurda como ser devorado por un cachalote y habitar dentro de él momentáneamente. La excusa perfecta para ir a una función 4DX por primera vez.
Basada en la novela del mismo nombre de Daniel Kraus —quien funge como coguionista—, la película deposita todo su peso en la capacidad de Abrams para convertirse en un one-man show, lo cual se comprobó en la muy entretenida Resident Evil: Noche Cero (Resident Evil, 2026). Durante más o menos la mitad de la historia somos testigos de cómo Jay (Abrams), un joven que acaba de perder a su padre (Josh Brolin) en el océano y que decide ir a buscar sus restos, se ve obligado a recurrir al ingenio y a sus habilidades cuando es succionado hacia el interior de un cachalote. Habrá que halagar primero el diseño de producción y la fotografía, que se conjugan para crear un espacio cerrado y casi alienígena en el que Abrams se desenvuelve la mayor parte del tiempo. Los pasillos viscosos; los depósitos de ácido; las paredes que, de pronto, se cierran y aplastan a Jay… El espacio causa una ansiedad absoluta y una inmensa curiosidad por igual. Por supuesto que hay libertades científicas de por medio para que la trama exista, pero enfocarse en ellas no es lo ideal para poder disfrutar una experiencia ideada para enaltecer la entereza humana.

La Caída de la Ballena convierte la vivencia de Jay en una especie de catarsis. La metáfora de que su padre difunto, un hombre duro y a veces abusivo que demostraba su preocupación por él de la peor forma posible, pervive espiritualmente en el cetáceo que lo acaba de engullir es pesada —teníamos que hacer ese juego de palabras—, pero funciona como un medio para conocer la complicada relación entre papá e hijo, que también es presentada a manera de flashbacks. Aunque algunas de estas escenas se alargan bastante, logrando únicamente que deseemos volver al interior del animal, su utilidad se ve justificada al convertirse en la base de la resolución de problemas que el protagonista tiene que aplicar para sobrevivir. Los asuntos sin resolver entre ellos se vuelven el motor para escapar de Jay, a quien alentamos cada segundo mientras vemos cómo su cuerpo es sometido a un importante castigo físico. En ese sentido, Abrams hace un enorme trabajo al proyectar el dolor y la desesperación.

La parte melodramática es la que menos funciona de la película. Si algo hace genial a Todo Está Perdido (All Is Lost, 2013), otro thriller de supervivencia en el mar, es la confianza absoluta que el guion tiene en Robert Redford, que enfrenta sus propios demonios en silencio y en solitario. La sobreexplicación es evidente; afortunadamente, Duffield y Kraus diseñan una narrativa generalmente estimulante que recuerda en gran medida a la de Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary, 2026); vamos, incluso Jay se hace brevemente amigo de una criatura marina dentro de la panza del cachalote. Como una suerte de Moby Dick más ligera, La Caída de la Ballena ofrece entretenimiento y, al mismo tiempo, un par de momentos de introspección impulsados por la actuación comprometida de Abrams.









