Películas como Eo (2022), Anatomía de una Caída (Anatomie d’une Chute, 2023) o El Juicio de un Perro (Le Procès du Chien, 2024) hacen de sus personajes cuadrúpedos una parte sumamente importante de la trama. Pero Good Boy: Confía en su Instinto (Good Boy, 2025) lleva las cosas al siguiente nivel depositando todo el peso de la acción alrededor de un perro. El experimento del director Ben Leonberg no solo nos permite ver a un lomito desenvolviéndose en una puesta en escena creada alrededor de su existencia natural, sino que también refuerza ese placentero sentimiento que provoca tener la compañía constante de un perro. En clave de película de terror, por más básica que sea, Leonberg aprovecha bien la obediencia y el carisma de su can para ofrecer una experiencia muy singular al espectador, sobre todo para los amantes de los caninos.
La premisa es sencilla: Todd (Shane Jensen), que sufre de una severa enfermedad, se muda con su perro Indy a la vieja casa de su tío —donde falleció misteriosamente— buscando aislarse por la condición que lo aqueja. Ahí, Indy no solo debe lidiar con la inestabilidad de su humano, sino también con una presencia que comienza a acecharlos —al estilo de Juegos Diabólicos (Poltergeist, 1982)—. Leonberg se vale por completo de Indy para involucrar a la audiencia; la participación humana se limita a voces y piernas y torsos, pues los rostros, prácticamente, no aparecen. La mera existencia de Indy, por supuesto, es más que suficiente para enganchar, pero realmente resulta sorprendente la forma en que el can se mueve en el cuadro. El director consigue que la personalidad de Indy y sus movimientos naturales se ajusten a lo que pretende narrativamente. Posicionando la cámara muy cerca del piso y jugando con el encuadre, Leonberg logra que el punto de vista sea efectivo.

Con Good Boy, Leonberg apela al inquebrantable vínculo entre perro y humano. A través de un relato sobre la pérdida y la lealtad incondicional, el director y coguionista crea un personaje alrededor de Indy que refiere directamente a estas características. Aunado a ello, unas cuantas escenas surreales ahondan en la hipotética psique del perro, perturbado por el estado de su compañero. La cinta, en suma, propone una teoría acerca de cómo viven los canes el malestar de los humanos con los que viven. La degradación física y emocional de Todd se relaciona eventualmente con el ente que habita la casa, un ser humanoide cubierto de lodo. Indy, entonces, se enfrenta tanto a esta presencia como a la posibilidad de perder a Todd para siempre.

Good Boy es parte de una reciente ola de películas de “terror” experimentales que incluyen a Presencia (Presence, 2024) y Skinamarink (2022). Muy a su manera, cada una de ellas toma las convenciones del género y juega con la perspectiva para crear una experiencia inmersiva y depositarnos en medio de la inquietante acción. Si bien las fallas narrativas, la repetición y los lugares comunes aparecen en mayor o menor medida en sus construcciones dramáticas, queda claro que hay una intención en el cine independiente de apostar por nuevos dispositivos. Good Boy está lejos de ser perfecta, pero el buen trabajo de montaje y la inolvidable “actuación” de Indy son argumentos suficientes para pasar por alto los clichés y la falta de desarrollo en lo narrativo. ¡Ya denle el Óscar al lomito!









