En un año repleto de adaptaciones de la obra de Stephen King, Camina o Muere (The Long Walk, 2025) está demostrando ser una de las más interesantes. Si El Mono (The Monkey, 2025) nos deja ver el lado más picaresco del autor, y La Vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) el más existencial, este proyecto se acerca a lo distópico a través de un drama psicológico con varios elementos de thriller que bien puede ser visto como un reflejo de lo que ocurre actualmente en Estados Unidos: el ascenso del autoritarismo y la decadencia social rampante. Si bien su discurso es delineado con brochazos muy gruesos, y con una narrativa audiovisual que regularmente se ve limitada por el concepto de la historia, la cinta emerge como un crudo recordatorio de la crueldad del sistema y de las falsas promesas de la meritocracia.
Resulta particularmente desesperanzador que lo escrito por King a finales de los 70 se sienta tan vigente ahora. Situándonos en un Estados Unidos alternativo que trata de recuperarse después de una guerra —pareciera que estamos ante la secuela de Guerra Civil (Civil War, 2024)—, la acción nos coloca previo a un concurso de índole nacionalista que consiste en una marcha en la que debe participar un joven de cada estado; todos tienen que caminar a cierta velocidad, de lo contrario, son asesinados. El último en pie se lleva un gran premio y el orgullo de inspirar a un país. La dinámica, por supuesto, recuerda a Los Juegos del Hambre (The Hunger Games, 2012), y por eso no sorprende que Francis Lawrence haya sido elegido como director. El cineasta aporta su experiencia en la popular saga de supervivencia, aunque dotando a los sucesos de una notable intimidad, y no menos brutal.
JT Mollner —a quien algunos recordarán por la peculiar y también violenta Asesino Serial (Strange Darling, 2023)—, como guionista, recupera la crudeza del material original y construye las relaciones de los muchachos al estilo de Cuenta Conmigo (Stand by Me, 1986); en medio del entorno competitivo y salvaje surgen amistades sinceras y lazos humanos que convierten en personas a quienes la élite y la autoridad solo ven como herramientas que deben maximizar el rendimiento. Así, Cooper Hoffman y David Jonsson hacen un gran trabajo al proyectar esta solidaridad en medio de las circunstancias más apremiantes; sin una meta definida, así como la vida misma, su relación les empuja a seguir adelante. Aunque Mollner no demuestra demasiada finura al construir la metáfora social en la competición, su trabajo caracterizando a los personajes hace que realmente nos preocupemos por ellos, o al menos por algunos.
Por otro lado, el hecho de que estemos ante una narrativa en la que los personajes prácticamente solo caminan da pie a una fórmula de la que ni Lawrence ni Mollner pueden escapar. Camina o Muere se reduce a una colección de escenas en las que Jonsson habla con Hoffman, para que luego alguien más intervenga o muera, y así sucesivamente hasta el final. Por suerte, cada charla nos ofrece un vistazo al estado de ánimo y, en ocasiones, al pasado de estos individuos. Aunque el guion también tropieza con un relato de venganza muy básico y un villano —interpretado por Mark Hamill— unidimensional, la trama se recupera cuando Jonsson y Hoffman estrechan su vínculo, enarbolando su estoicismo y su vulnerabilidad por igual. Su química es el corazón de la película.

Camina o Muere quizá abusa de los efectos digitales para crear el gore —que llega a ser muy gráfico— y de cierto sentimentalismo; sin embargo, su crítica al espectáculo de la crueldad y a las injusticias derivadas de un sistema injusto crea un temor para nada infundado acerca de los tiempos que vivimos. Lawrence entrega algo así como una versión más violenta de Los Juegos del Hambre que señala el indoctrinamiento como una forma de perpetuar un modelo enfocado únicamente en la productividad y la deshumanización. Sus violentas imágenes, la desolación que muestra y el país que nos enseña, tristemente, nos resultan sumamente familiares.










