Crítica – Dreams, de Michel Franco; de vuelta a las andadas

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Los rumores son ciertos. Tras la cálida y muy humana Memory (2023), Michel Franco vuelve con otra de sus provocativas películas cuyo único objetivo es el shock. En Dreams: Sueños (Dreams, 2025), lo que comienza como un ejercicio observacional sobre las tensas relaciones entre mexicanos y estadounidenses termina convirtiéndose en una turbia e inverosímil situación con ciertas aspiraciones hanekianas que simplemente no cuajan por ningún lado. El realizador mexicano en todo su efectista esplendor. Si bien los primeros dos actos rayan en la intrascendencia —aun con algunos momentos en los que la visión masculina arrastra la historia hacia un terreno problemático—, el último nos adentra nuevamente en la realidad alterada del director a través de una resolución absurda e instantes innecesarios que bien podrían ser definidos como de mal gusto.

Franco intenta hacer un extraño símil entre el siempre turbulento vínculo México/Estados Unidos con la relación tóxica que sostiene una filántropa millonaria estadounidense con un bailarín de ballet mexicano que cruza ilegalmente la frontera para estar con ella. En los primeros dos actos, la cinta nos adentra en la dinámica de estos personajes; aunque, aparentemente, hay amor de por medio, su unión parece estar marcada por lo sexual. El director, fiel a su estilo, no duda en hacer al espectador testigo de sus múltiples encuentros carnales, quizá innecesariamente. Pero el momento más incómodo en este sentido llega cuando Jennifer (Jessica Chastain) sostiene un duelo de palabras sumamente sugerente con su amante, Fernando (Isaac Hernández), en el que frases como “bolas sudadas” y “dedo en el culo” llaman la atención, y no para bien. Cuesta entender qué pretendía Franco con ello.

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Imagen: Teorema, Freckle Films, AR Content

Si bien Chastain se ha mostrado devota a la visión del cineasta, tanto en Memory como en este esfuerzo, resultaría interesante saber qué es lo que encontró fascinante en este guion como para seguir colaborando con el mexicano. Definitivamente, la propuesta de Dreams coquetea peligrosamente con lo misógino; la mirada masculina resulta evidente casi todo el tiempo. Los personajes no presentan un gran desarrollo, y el último acto arriba con un giro que lleva la acción hacia una provocación que atenta no solo contra lo presentado anteriormente, sino también contra la dignidad de sus personajes y de la mujer. Una escena de agresión sexual específicamente deja un mal sabor de boca por la falta de argumentos narrativos para insertarla en la trama; es como si Franco solo hubiera querido que estuviera porque sí, sin mencionar que la falta de química entre los protagonistas se nota bastante.

Dreams, además, pierde mucho tiempo en escenas irrelevantes; las constantes prácticas que sostiene Fernando en una academia en la que fue aceptado por su gran talento no conducen a nada realmente —pareciera como si estuviéramos en un episodio de Étoile (2025)—, ni aquellos momentos en los que Jennifer convive con su familia discretamente racista, ya sea en un entorno casual o en uno laboral. Otro detalle que, aunque no tiene que ver realmente con lo creativo, sí lastima todavía más lo que vemos en pantalla. En México, o al menos en algunas salas, la cinta está exhibiéndose doblada al español. Escuchar a los mexicanos doblados da como resultado una experiencia muy rara, pero más desconcertante aún es darse cuenta de que otras escenas transcurren con el audio original. Esta disonancia hace que el visionado sea todavía más insoportable.

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Imagen: Teorema, Freckle Films, AR Content

Queriendo hacer un comentario sobre el trato a los migrantes en Estados Unidos —la crisis migratoria no podría importarle menos—, la división de clases —como en la clasista Nuevo Orden (2020), cuyo fantasma aparece con la salvaje rebelión final— y la corrección política usada solamente para limpiar la imagen, Franco presenta una obra con muy poco discurso al respecto; su propuesta se deja llevar rápidamente por lo sórdido y lo mundano, un choque de tonos que recuerda a lo peor de Sundown (2021) o de Chronic: El Último Paciente (Chronic, 2015). El Franco de Memory no se halla por ningún lado en esta ocasión; aquella preocupación genuina de explorar el trauma y la conexión humana es sustituida aquí por una casi hilarante colección de escenas en las que Chastain aparece con fabulosos outfits descendiendo de cualquier cantidad de automóviles. Ojalá que podamos volver a ver al Franco de aquella otra película más adelante, porque esta versión frívola y socialmente ciega ya está más que agotada.

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